Posted by Father Ato

Séptimo Domingo de Pascua (Ciclo C)

Lecturas: Hch 7,55-60; Ap 22, 12-14.16-17.20; Jn 17, 20-26

El Tiempo de Pascua, que va desde el Domingo de la Resurrección del Señor hasta la Solemnidad de Pentecostés, tiene como acontecimiento central la Resurrección de Jesús. La Resurrección significó el triunfo sobre la muerte, la glorificación del cuerpo del Señor. Según el evangelista Lucas, Jesús, después de su resurrección, permaneció un tiempo con sus discípulos a quienes se hizo visible, durante cuarenta días comió y bebió familiarmente con ellos, los instruyó sobre el Reino. La Iglesia nos enseña que la última aparición de Jesús termina con la entrada definitiva, irreversible de su humanidad en la gloria divina, simbolizada por la nube y el cielo (Cf., Catecismo de la Iglesia N.° 559).

El jueves pasado hemos celebrado la solemnidad de la Ascensión del Señor. La Ascensión es la prolongación del acontecimiento de la Resurrección, la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en la gloria de Dios. La Ascensión está unida también al hecho de la Encarnación (la primera venida del Señor). Sólo el que salió del Padre puede volver al Padre;  dice Jesús: “Nadie ha subido al Cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13). La humanidad, por sus solas fuerzas, no habría podido jamás tener acceso al Cielo, a la plenitud de la vida, a la felicidad. Sólo Cristo ha podido abrir ese acceso, ese camino al hombre para que puede encontrarse con Dios (Cf., Catecismo de la Iglesia N.° 660).

La Ascensión no es la partida del Señor, como si Jesús, después de cumplir su misión, se hubiera regresado al ‘cielo’ abandonándonos a nuestra propia suerte. Él no se ha ido sino que ha cambiado su modo de estar presente. Ya no lo podemos ver de un modo físico, como lo vieron sus discípulos en su vida terrenal; pero, sigue estando con nosotros. Jesús mismo ha dicho a sus discípulos: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Él, pues, está con nosotros, nunca se ha marchado; la Ascensión no es la partida de Jesús.

Entre la Ascensión y la Segunda Venida está el tiempo de la Iglesia, tiempo de la misión. La Iglesia continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres. La Iglesia, impulsada por el Espíritu Santo debe avanzar por el mismo camino de Cristo, asumiendo la cruz para poder participar de la gloria. Creer en Jesucristo es tener conciencia de ser testigo y enviado del Señor. La misión de la Iglesia no podría ser cumplida sin la guía y conducción del Espíritu Santo. El Libro de los Hechos de los Apóstoles, conocido como el ‘Evangelio del Espíritu’, nos relata la acción misionera de los apóstoles, la rápida expansión del Evangelio; eso no habría sido posible sin la acción del Espíritu que descendió sobre los apóstoles en Pentecostés, en cumplimiento de la promesa de Jesús.

La primera lectura (Cf., Hch 7, 55-60), nos relata el martirio de san Esteban. La naciente Iglesia sufre los comienzos de la persecución violenta. Esteban,“hombre lleno de fe y de Espíritu Santo” (Hch 6, 5)”, se convierte en el primer mártir de la Iglesia. Ser ‘mártir’ es ser ‘testigo’ del Señor, y el supremo testimonio es “dar la vida” por Jesús. Esteban dio testimonio con su vida de la gloria del Señor. El Libro de los Hechos nos relata que Esteban había sido elegido, junto a otros seis, para que se dediquen al “servicio de las mesas”, es decir a la “diaconía”  (atender a las viudas y otras personas más necesitadas de la comunidad). Esteban destacó no sólo por el servicio caritativo con los más pobres sino también por su sabiduría y elocuencia.  Fue detenido y procesado por el Sanedrín, acusado por falsos testigos; pronunció un famoso, largo y vibrante discurso en el cual hacía un resumen de la intervención de Dios en favor de su pueblo (Cf., Hch 7, 1-53). Lejos de lograr persuadir a los judíos que lo juzgaban,  desató la ira de ellos, quienes finalmente terminaron lapidándolo. Esteban, sabiendo que había llegado el momento final de su vida terrenal, entrega su espíritu: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hch 7, 59); como Jesús en la cruz, Esteban también perdona a sus verdugos, ruega a Dios por ellos: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7, 60).

La persecución, lejos de desanimar a los cristianos, los fortalece, los anima también a dar el testimonio supremo. Jesús no nos ha garantizado librarnos del sufrimiento y de la muerte cruenta por causa de su nombre, los que nos garantiza es estar siempre con nosotros y darnos en recompensa, si perseveramos hasta el final de nuestras vidas, “la corona de gloria que no se marchita” (1Pe 5, 4).

La segunda lectura (Cf., Ap 22, 12-14.16-17.20), un pasaje tomado del último capítulo del Libro del Apocalipsis, trasmite un mensaje de esperanza para animar la fe de una iglesia duramente perseguida, la misma que clama al Señor pidiendo que venga pronto el Reino en su plenitud, que se cumplan plenamente las promesas del Señor. Todo Apocalipsis surge en una situación desesperada, como única salida a la esperanza. En este caso, la del cristiano que se debate entre el «ya» y el «todavía no» de la salvación. Un «todavía no» cargado de consecuencias dolorosas. Ahí brota, en el esquema de la espera de la Parusía, el clamor, lleno de angustia y de segura esperanza: «¡Ven, Señor Jesús!» Que el «aún no» se convierta en el «ya» definitivo y total del Cristo Resucitado” (Secretariado Nacional de Liturgia: Comentarios Bíblicos al Leccionario Dominical – Ciclo C, 5ª  Edic. Barcelona, 1983, p. 200).

El Evangelio  de este domingo (Cf.,  Jn 17, 20-26), es un pasaje tomado de la llamada “Oración sacerdotal” de Jesús en su discurso de despedida. Jesús ora al Padre por sus discípulos para que sean santificados en la verdad, para que estando en el ‘mundo’ no sean ‘contagiados’ por el ‘mundo’. El ‘mundo’, en este caso, no se entiende como un espacio geográfico sino como el lugar de la lucha con las fuerzas que se oponen a la luz y la verdad. El cristiano no podría superar esas fuerzas opositoras si no contase con la ayuda del Espíritu Santo. El núcleo de la oración de Jesús lo ocupa la unión de los creyentes: unión con el Padre en el Hijo, unión que es fundamento, fuente, modelo y medida de la unión de los creyentes entre sí. El discípulo sólo lo es en plenitud cuando se encuentra personalmente en Cristo con el Padre. Y el signo visible de esa comunión con el Padre en el Hijo es la comunión vital, el encuentro interpersonal en profundidad con los demás creyentes” (Secretariado Nacional de Liturgia: Comentarios Bíblicos al Leccionario Dominical – Ciclo C., O. Cit., p. 201).

La Iglesia, en todos los tiempos, debe ser signo de unidad, testimonio de comunión. El Santo Padre, como legítimo sucesor de Pedro, es también un signo de unidad. No debemos olvidar aquella famosa frase de san Ambrosio: “Ubi Petrus ibi Ecclesia” (“Donde está Pedro, allí está la Iglesia”); por ello, los cristianos debemos rechazar cualquier intento de algunos “falsos defensores de la ortodoxia”, que bajo el pretexto de defender el dogma, cuestionan y hasta pretenden descalificar el magisterio del Papa sobre algunos temas pastorales, como los abordados en la última Exhortación Apostólica “Amoris Laetitia”.

El Espíritu propicia la unidad, el Maligno es el propulsor de la división. Al respecto, resulta importante recordar lo que nos decía hace algunos años el papa Benedicto XVI: “… uno de los efectos típicos de la acción del Maligno es precisamente la división en el seno de la comunidad eclesial. De hecho, las divisiones son síntomas de la fuerza del pecado, que continúa actuando en los miembros de la Iglesia también después de la redención. Pero la Palabra de Cristo es clara: «Non praevalebunt», «No prevalecerán» (Mt 16, 18). La unidad de la Iglesia está enraizada en la unión con Cristo, y la causa de la unidad plena de los cristianos —que siempre se ha de buscar y renovar, de generación en generación— también está sostenida por su oración y su promesa. En la lucha contra el espíritu del mal, Dios nos ha dado en Jesús el «Abogado» defensor y, después de su Pascua, «otro Paráclito» (cf. Jn 14, 16), el Espíritu Santo, que permanece con nosotros para siempre y conduce a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad (cf. Jn 14, 16; 16, 13), que es también la plenitud de la caridad y de la unidad” (Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la Solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo/ceremonia de imposición del palio a los nuevos arzobispos metropolitanos. Vaticano, 29 de junio de 2010).

El próximo domingo celebraremos la Solemnidad de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, y con ello culminamos la celebración del tiempo pascual. Este Séptimo Domingo de Pascua, después de haber celebrado la Ascensión del Señor, constituye una preparación inmediata para Pentecostés. San Lucas nos relata, tanto en su Evangelio como en el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf., Lc 24, 42-43; Hch 1, 4-5), que el Señor Jesús, después de su resurrección, ordenó a sus discípulos no alejarse de Jerusalén hasta que les envíe el Espíritu Santo. Esa promesa se cumplió en Pentecostés, marcando así el comienzo de la misión pública de la Iglesia.

La Iglesia, movida por el Espíritu, está para evangelizar, esa es su esencia, su razón de ser. En el cumplimiento de esa misión ningún cristiano está exonerado. Todos, de una manera y otra, estamos llamados a cumplir este mandato del Señor.


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