Posted by Father Ato

Quinto Domingo de Cuaresma (Ciclo C)
Lecturas: Is 43, 16-21; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11.

El Evangelio es siempre una buena noticia, una novedad, un mensaje de salvación para el hombre. Proclama que Dios ha venido a salvar y no a condenar. El Señor nunca ofrece dos alternativas o caminos para el hombre: salvación o condenación, sino sólo la salvación. El hombre, por su libertad, puede rechazar la oferta de gracia y perdón que Dios le da; en ese sentido puede escoger su propia condenación. La salvación es una obra de Dios, la condenación es obra del hombre. Jesús también nos dice que no ha venido a condenar sino a salvar, a dar su vida por nosotros (Cf., Jn 3, 17).
En la primera lectura (Cf., Is 43, 16-21) se nos invita a no quedarnos anclados en el pasado, hay que redescubrir la novedad que nos compromete con el futuro: “No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿No lo notan? Abriré un camino en el desierto…” (Is 43, 18-19). Esto no significa, obviamente, que el pasado no tenga valor; pero, no podemos vivir de nostalgias, o sólo complaciéndonos en las grandes obras de las que otros fueron testigos; tampoco podemos vivir lamentándonos de lo que hicimos mal, de nuestros fracasos, cargando el peso de nuestros pecados. El creyente debe mirar el presente y el futuro para descubrir allí los nuevos retos de la fe, la nueva presencia del Señor, los nuevos caminos que debe andar.
En la segunda lectura (Cf., Flp 3, 8-14) el apóstol Pablo nos habla de su propia experiencia, de lo que significó para él descubrir a Cristo, después de haber vivido confiado en la seguridad de la antigua ley y la supuesta garantía de sus buenas obras. Su conclusión es contundente: la única seguridad viene de Cristo, no de las buenas obras, no de la práctica rigurosa de la ley. Hay que tener presente que esto lo dice precisamente alguien que tiene las suficientes credenciales de haber sido un ‘fiel observante de la ley’. El encuentro con Cristo cambió radicalmente su forma de pensar, su vida, sus proyectos. Ese encuentro marcó un antes y un después. Pablo tuvo que dejar de lado todo ese pasado de ‘fiel observancia’, abandonar todas sus seguridades. Ahora ya no cree en sus propias posibilidades, en los méritos adquiridos; de pronto se ha sentido con las manos vacías. La conversión pasa por ese reconocimiento de la propia indigencia, un verdadero acto de humildad que se contrapone a la actitud de quien se siente merecedor de Dios por haber ‘cumplido la ley’. El propósito de Pablo, a partir de su conversión, es vivir en Cristo, todo lo demás queda subordinado a eso: “Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo…” (Flp 3, 4). Hay que hacer notar también que, si bien es verdad que somos salvados por nuestra fe en Cristo y no por nuestras buenas obras, esa fe, si es auténtica, nos lleva necesariamente a realizar las buenas obras. No hay ninguna contraposición entre fe y obras. De ahí que el Apóstol es consciente de la necesidad del esfuerzo personal para alcanzar la meta.
Pablo compara el esfuerzo de la vida cristiana con lo que hace un atleta: se prepara permanentemente, se priva de muchas cosas con la finalidad de ganar la carrera. A diferencia del atleta cuyos esfuerzos están orientados a ganar una medalla o corona que se marchita, para el cristiano su meta es Cristo. Cuando Pablo es consciente que se acerca el final de su vida, y que está a punto de ser sacrificado, puede decir con satisfacción: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de justicia que me entregará el Señor…” (2Tm 4, 7-8). El apóstol Pedro también nos habla de esa corona de gloria a la cual debemos aspirar los cristianos: “Cuando aparezca el Jefe de los pastores, recibirán la corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5, 4). Cristo es nuestra verdadera esperanza, la razón de ser de nuestros sacrificios y privaciones.
El Evangelio (Cf., Jn 8, 1-11) nos presente el conocido pasaje de la mujer adúltera. En este relato se pone en evidencia una aparente contraposición entre justicia (en el sentido de cumplimiento de la ley) y misericordia divina. En la Escritura se nos dice que Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Cf., Ez 18, 23; 33, 11). Dios no ha enviado a su hijo a condenar al mundo sino a salvarlo (Cf., Jn 3, 17). Los letrados y fariseos, como señala el mismo relato evangélico de este domingo, pretenden poner a prueba a Jesús para tener de qué acusarlo, es decir: no están interesados en la verdad, en resolver un problema de conciencia o de aplicación debida de la ley. Si Jesús decía que había que cumplir la ley apedreando a la mujer adúltera, entonces su mensaje de amor y perdón sería cuestionado; si, por el contrario, decía que había que perdonarla, entonces sería acusado de promover el incumplimiento de la ley. Jesús sale hábilmente de ese dilema y convierte a los interpelantes en interpelados: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra” (Jn 8, 7). El Evangelio nos dice que uno a uno los acusadores se fueron escabullendo, nadie se atrevió a considerarse justo para aplicar la ley; probablemente Jesús escribía sobre la arena los pecados de esos acusadores, y nadie quiso ser puesto en evidencia.
Cuando los letrados y fariseos se marcharon, Jesús entabla un corto diálogo con la mujer pecadora; no son necesarias muchas palabras. Jesús no lanza una reprimenda contra ella echándole en cara su mala conducta, la inmoralidad de su accionar y de las penas del infierno a que puede hacerse merecedora (como suelen hacer algunos confesores). Jesús tiene ante la mujer pecadora una actitud de compasión. Alguien se podría preguntar, siendo Jesús el justo, el santo por excelencia, ¿Por qué no ejerció el ‘derecho’ de arrojar la primera piedra contra la mujer pecadora? Nadie le hubiera podido reprochar tal actitud, pues estaba avalado por la ley de Moisés que autorizaba lapidar a las adúlteras. Jesús va más allá de la ley, busca su verdadero espíritu, nos dice que la ley está al servicio de los hombres, no al revés.
La misericordia desborda la justicia. La misma Escritura nos dice que “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad […], no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas”(Sal 102, 8.10). Nadie puede justificarse por sí mismo delante del Señor. Nuestras relaciones con Dios no pueden medirse en términos de justicia distributiva, en tal caso siempre saldríamos perdiendo. El Salmista nos dice: “Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿Quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón…” (Sal 129, 3.4). “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa y Él redimirá a Israel de todos sus delitos” (Sal 129, 7-8). En esa línea, Jesús encarna la misericordia y el perdón. Jesús es cuestionado por reunirse con pecadores, publicanos, prostitutas. Esto, sin embargo, no significa ningún tipo de condescendencia con el pecado. Dios ama al pecador pero aborrece el pecado. A la mujer adúltera le dice: “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más” (Jn 8, 11). Queda claro entonces la exigencia de la responsabilidad personal, el esfuerzo por salir de toda situación de pecado.
Hay personas que malentienden la misericordia de Dios y hacen mal uso del sacramento de la reconciliación, como si bastara con confesar los pecados sin un verdadero propósito de enmienda. Las palabras de Jesús: “En adelante no peques más” expresan claramente la exigencia de la conversión permanente. El creyente, ayudado por la gracia, puede llevar una vida acorde con las exigencias del Evangelio. Todos necesitamos de una buena dosis de ascesis, esfuerzo personal, sacrificio, a fin de responder adecuadamente a la vocación a la cual hemos sido llamados.


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