Posted by Father Ato

Domingo de Ramos (Ciclo C)

Lecturas: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Lc 22, 14- 23, 56.

La celebración del Domingo de Ramos, como inicio de la Semana Santa, se nos presenta litúrgicamente en dos momentos: La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (escenificado en su carácter festivo y mesiánico), y el relato de la Pasión; de hecho, la Liturgia de este domingo establece en el ritual la celebración de esos dos momentos claramente diferenciados, aunque no separados.

En la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén la Liturgia nos propone la lectura de un pasaje del Evangelio de San Lucas (Cf., Lc 19, 28-40). El texto está cargado de connotaciones mesiánicas, como por ejemplo la referencia indirecta al profeta Zacarías: “¡Exulta sin freno, Hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna” (Za 9,9). El Evangelio de Mateo y de Juan hacen una referencia directa a este pasaje mesiánico del Antiguo Testamento; Marcos y Lucas lo aluden indirectamente. El profeta Zacarías habla de un rey mesiánico cuyo reinado viene caracterizado por la paz y la justicia. Las aclamaciones del pueblo: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo alto” (Lc 19, 38), confirman el significado mesiánico que tiene la entrada de Jesús en Jerusalén; así mismo, se hace una referencia al Salmo 117: “Yahveh da la salvación, Él da la victoria. ¡Bendito el que viene en el nombre de Yahveh! (Sal 117, 25-26).

La celebración del Domingo de Ramos comienza, pues, con una explosión de júbilo, en la cual somos invitados a unirnos a esas voces del pueblo que aclama al Señor, que lo reconoce como su Mesías Salvador. Se destaca el carácter festivo de la entrada sencilla, humilde y triunfal de Jesús en Jerusalén; por otra parte, en un segundo momento (con las lecturas de la misa) esa celebración de la alegría pareciera cortarse abruptamente con el relato de la Pasión de nuestro Señor (Cf., Lc 22, 14- 23, 56), relato que viene precedido por las lecturas del tercer cántico del Siervo de Yahveh (Cf., Is 50, 4-7), el mismo que prefigura la Pasión de Cristo, y también la lectura de Filipenses (Cf., Flp 2, 6-11) en la que se ensalza la humildad de Jesús, que como el “Siervo sufriente” asumió la muerte de Cruz y fue exaltado a la diestra del Padre.

La primera lectura, tomada del libro de Isaías (Cf., Is 50, 4-7)), nos presenta la figura del “Siervo sufriente”. A la luz del relato de la Pasión podemos identificar a ese “Siervo sufriente” como el “Mesías sufriente”. Jesús es el “Mesías sufriente” que carga con todos nuestros pecados.

En la segunda lectura (Cf., Flp 2, 6-11) San Pablo nos presenta ese doble aspecto de la vida de Jesús: abajamiento-glorificación. “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo…” (Flp 2, 6), es decir, de “siervo sufriente” para someterse a una muerte de Cruz, llegó a la gloria pasando por la muerte humillante en cruz.

El largo relato de la Pasión (Cf., Lc 22, 14- 23, 56) resume aspectos fundamentales del Triduo Pascual; es un texto para meditar detenidamente, día a día, durante toda esta Semana Santa. El relato de la Pasión y Muerte del Señor se volverá a leer el Viernes Santo en la versión del evangelista Juan (Cf., Jn 18, 1 – 19, 42). Con el relato de la resurrección (Cf., Jn 20, 1-9), que se leerá el Domingo de Resurrección, se completa el tercer elemento del Triduo Pascual.

La Iglesia nos enseña que Jesús nos ha redimido del pecado con su muerte en la cruz, y resucitando nos ha abierto la esperanza a la resurrección. Debemos, sin embargo, precisar que Jesús no buscó la muerte por sí misma, lo que buscó fue la fidelidad total al Padre, el cumplimiento de su misión; la muerte aparece no como la voluntad del Padre Eterno para que su Hijo ‘pagara’ por nuestros pecados. Dios no podía querer una muerte humillante para su Hijo. El Padre permitió la muerte de su Hijo por culpa de nuestros pecados. No fue el Padre quien llevó a Jesús hasta el patíbulo de la cruz, fueron los hombres, quienes rechazando el amor de Dios y la oferta salvadora de su Hijo, llevaron a Jesús a la muerte en cruz. Obviamente no se trata de una responsabilidad exclusiva de los contemporáneos de Jesús, sino de toda la humanidad. La muerte de Jesús pone en evidencia el pecado de la humanidad, nuestros pecados actuales, pues todos, de una manera u otra, rechazamos a Jesús y su oferta de gracia. Jesús se enfrentó a la muerte, la aceptó, la asumió, como una consecuencia de su fidelidad radical al Padre.

Dios no puede querer tampoco el sufrimiento de los hombres, no es alguien ajeno al dolor humano, sino todo lo contrario, Él, a través de su Hijo Jesucristo, ha cargado con nuestros sufrimientos, Él se ha hecho uno de nosotros en el dolor, se ha solidarizado con los que sufren, con los marginados, los excluidos de la sociedad. La Pasión de Jesús nos recuerda también los límites de la crueldad humana, la tortura, el desprecio por la vida. Jesús se identifica con los que son víctimas de la violencia. El Señor de la vida es llevado a una muerte de cruz. Jesús puede comprender a cabalidad el sufrimiento de los inocentes, pues Él, único justo, ha vivido en carne propia la suprema injusticia de los hombres. La Pasión, por otra parte, nos hace recordar los límites del amor de Dios: no hay amor más grande que el que da la vida por sus hermanos (Cf., Jn 15, 13). Jesús, como hace ver el apóstol Pablo, nos amó y se entregó a la muerte por nosotros, siendo pecadores (Cf., Rm 5, 8). Entregó su vida también por los que lo llevaron a la cruz.

La muerte no tiene sentido por sí misma sino en cuanto nos remite a la esperanza de la resurrección. Jesús, con su Muerte y Resurrección, ha transformado el sentido de nuestra muerte. Para el cristiano la muerte ya no es un signo de condenación por nuestros pecados, no es el sin sentido de la vida, o la expresión trágica del destino humano, sino un conmorir con Cristo para poder resucitar con Él. La Eucaristía es apropiación para nosotros de los méritos de Cristo ganados por su muerte redentora en la Cruz.

Cristo no ha pedido a sus seguidores que busquen el sufrimiento y la muerte, lo que nos pide es que seamos fieles a Él. No tenemos necesidad de buscar el sufrimiento y la cruz, simplemente nos lo encontramos cada día. El seguimiento supone cargar con la cruz, asumirla, como consecuencia de nuestra fidelidad al Señor. Jesús, por otra parte, nunca nos deja solos con nuestra cruz a cuestas.


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