Posted by Father Ato

Cuarto Domingo de Cuaresma (Ciclo C)
Lecturas: Jos 5, 9a. 10-12; 2Cor 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32.

Las palabras claves durante la Cuaresma son ‘conversión’ y ‘penitencia’. La conversión conlleva a una verdadera renovación del hombre, y se expresa en acciones concretas, en gestos visibles. La conversión es respuesta a la iniciativa de Dios que mueve el corazón del hombre. Nadie se convierte si no es por la acción del Espíritu Santo. La conversión, por otra parte, es un proceso permanente en la vida del cristiano, nadie puede decir que ya no tiene necesidad de convertirse. La conversión supone esfuerzo del hombre; pero, por sobre todo, una respuesta libre a la gracia de Dios, una acogida del amor misericordioso del Señor.
En la primera lectura (Cf., Jos 5, 9a. 10-12) se expresa la solicitud amorosa de Dios que provee de alimento a su pueblo, como proveyó del maná en el desierto. El pueblo instalado en la tierra prometida recuerda su salida de la esclavitud. La conversión supone una ruptura con el pasado, con todo aquello que esclaviza al hombre, particularmente el pecado como negación del amor de Dios, para vivir en la libertad de los hijos de Dios.

En la segunda lectura (Cf., 2Cor 5, 17-21) el apóstol Pablo nos recuerda que “El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2Cor 5, 17). Es Cristo quien nos ha reconciliado con el Padre, Él ha cargado con nuestros pecados. La conversión es siempre una iniciativa de Dios y no del hombre. Esto no significa que asumamos una actitud pasiva, por el contrario, el hombre tiene que dar una respuesta libre a la moción del espíritu. Dios mueve con su gracia al pecador, pero no violenta su libertad. Al final es el hombre quien acepta o rechaza la oferta de perdón. Convertirse significa también un claro compromiso de renovación interior, dejar el pasado y mirar el futuro con esperanza, “buscar las cosas de arriba” (Col 3, 1).

El Evangelio (Lc 15, 1-3. 11-32) nos presenta la conocida “Parábola del Hijo pródigo”, en realidad lo que más se destaca aquí es el amor misericordioso de Dios, por ello nos referimos a ella como la “Parábola del Padre Misericordioso”. La parábola describe magistralmente la situación del hombre pecador y el proceso de conversión. No olvidemos que Jesús narra esta parábola en respuesta a los letrados y fariseos que lo cuestionan por ‘acoger a los pecadores’. El relato nos describe una situación inicial del hijo menor junto al padre, es el hijo quien toma la iniciativa de ‘alejarse del padre’ para experimentar su propio camino, hace uso de su libertad. El padre no le impide marchase, de este modo el hijo menor inicia una historia dramática como consecuencia de su alejamiento de la casa paterna. El hijo toca fondo en esa escalada de pecado y pérdida de su dignidad, situación expresada en esa humillante condición de ‘cuidador de cerdos’ (animal impuro para los judíos).

En la condición deplorable en que se encuentra el hijo menor, después de haber despilfarrado la herencia de su padre, entra en un proceso de auto reflexión y toma de conciencia de la situación hasta la que ha llegado como consecuencia de su decisión libre de alejarse de la casa del Padre. Cae en la cuenta de su decisión errada reconociendo su propia responsabilidad. El siguiente paso, en ese proceso de conversión, es reconocer que es posible un cambio, cree que es posible el retorno a la casa paterna. De nada serviría que tomemos conciencia de nuestra condición pecadora si no tomamos la iniciativa de volver sobre nuestros pasos. Por otra parte, esto supone que creemos en el amor misericordioso de Dios, creemos en el perdón. La conciencia del pecado sin esperanza de reconciliación conduciría a la desesperación. Hay mucha gente que no tiene problemas en reconocerse pecadora, pero no es capaz de dar el otro paso: retornar al Señor, confiar en su misericordia y perdón. No hay pecado que no pueda ser perdonado, excepto el llamado “pecado contra el Espíritu Santo” (Cf., Mc 3, 28-29), que no es otra cosa que negarse a aceptar el amor de Dios y su perdón. Es evidente que Dios no puede perdonarnos contra nuestra voluntad.

El relato nos narra el reencuentro del hijo menor con el padre, quien lo estaba esperando y lo recibe con un gran ‘banquete’, lleno de alegría por haber recuperado al hijo que estaba perdido. Obviamente, el hijo menor, jamás imaginó tal recibimiento, sólo esperaba que lo trataran como un ‘jornalero’, no que le devolvieran su condición de ‘hijo’. La misericordia del Señor desborda todas nuestras expectativas. El perdón nos devuelve la gracia perdida, nuestra dignidad de hijos. Como dice el Salmista: Dios es lento a la ira y rico en piedad, “No nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Sal 102, 10).
En este relato la alegría no es completa, es empañada por la actitud del hermano mayor, que siente que el padre no ha obrado con justicia y equidad, que ha trastocado sus derechos. En efecto, el hijo mayor cree que él merece un reconocimiento por haber permanecido junto al padre, por haberle servido sin desobedecer una orden suya, es decir: por sus buenas obras. Se resiste a compartir la alegría del padre, mira con envidia a su hermano menor, a quien considera indigno de presentarse de vuelta ante el padre. Ciertamente, el hijo mayor, no ha cometido las faltas del ‘hijo pródigo’, pero vive sin amor, resentido porque no se le reconoce su ‘justicia’. Se percibe en el relato una aguda crítica contra los que, como muchos fariseos, presumen de sus buenas obras, de los que piensan que tienen derecho a ser retribuidos, que merecen por propios méritos el reino de los cielos. El hermano mayor se comporta como un ‘burócrata de la virtud’. Su actitud es abiertamente opuesta a la del padre. No comulga con las ideas del padre, piensa que es un exceso el recibimiento del hermano menor, hubiera preferido que el ‘hijo pródigo’ nunca regrese a la casa paterna, quizá hasta ha tenido la secreta tentación de incurrir en algunos de los ‘vicios’ que cuestiona a su hermano. Se siente titular de todos los derechos. Mientras que el padre se mueve en el ámbito de la misericordia, la gratuidad y el perdón; el hijo mayor se mueve en el ámbito del legalismo, de la justicia distributiva, eso le lleva a la mezquindad y al resentimiento.

Las actitudes del hermano mayor revelan el no haber entendido el amor misericordioso del Señor, expresan la soberbia del que se cree justo, con derechos a la recompensa divina, lo cual es, en el fondo, una desnaturalización del sentido el acto salvador. El Cristianismo no es la religión de los que ganan con esfuerzo propio el reino de Dios, eso sería la negación misma de la gracia. El apóstol Pablo nos recuerda que por pura gracia hemos sido salvados, por la fe y no por las buenas obras. Es la fe auténtica la que nos lleva a las buenas obras (Cf., Ef 2, 8ss). Hay, sin embargo, como dice el Papa Benedicto XVI, un lazo indisoluble entre la fe y la caridad, no podemos separar y menos oponer entre sí estas dos virtudes teologales.

La parábola no tiene un final feliz por la actitud del hermano mayor. El padre ha ofrecido al hijo menor el perdón, el banquete, la fiesta; pero, no puede garantizar la buena acogida del hermano mayor. Tenemos la sensación de que falta una segunda parte en esta parábola: aquella que nos hable de la conversión del hermano mayor; sin duda mucho más difícil que la conversión del ‘hijo pródigo’. Aunque Dios nos mueve con su gracia, nadie se convierte si finalmente no responde favorablemente a la oferta de perdón; y, generalmente, no responde a esa oferta de gracia porque no se siente lo suficientemente pecador, porque se siente ‘justificado’ por sus buenas obras. Es la soberbia de la ‘falsa santidad’, de los que se cuidan de cumplir formalmente con las normas, reglamentos, leyes y preceptos, y se consideran más justos por eso; su justicia es externa. El apóstol Pablo nos dice: “El que se cree seguro, ¡cuidado!” no sea que caiga (Cf., 1Cor 10, 12).


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