Posted by Father Ato

EL PAN DE LA PALABRA

DOMINGO II DE ADVIENTO (CICLO A)

 

El hombre no puede vivir sin ‘utopías’, necesita creer en algo que dé sentido a su vida y le impulse a la acción.  Cuando se tiene un ideal hay que empeñarse en alcanzarlo, sólo los que se obstinan en realizar sus sueños desarrollan una capacidad transformadora que pone en marcha una gran energía capaz de vencer los más grandes obstáculos que se presentan.  Sólo quien vive por un ideal, vive intensamente.  La vida sin ningún ideal pierde su sentido.

 

Los grandes proyectos que han hecho historia han sido obra de grandes soñadores, personajes que se imaginaron un futuro distinto, una sociedad distinta, un mundo mejor; personajes que se resistieron a creer que las cosas no podían cambiar, que se negaron a someterse al presente, a vivir sólo el momento.  Han sido los grandes sueños los que han motivado a los hombres a transformar la historia.  Hoy día, en cambio, parece que estamos viviendo la muerte de las utopías.  El pragmatismo imperante no permite mirar el futuro; mucha gente sólo vive el presente, trata de disfrutar al máximo el momento, no quieren pensar en el futuro, no tienen grandes proyectos en su vida porque han dejado de ser idealistas y soñadores; pero, cuando el hombre pierde esa capacidad de soñar, cuando no tiene ningún ideal, se convierte en un ser compulsivo, meramente reactivo, conformista.

 

El cristiano también cree en una ‘utopía’, pero esta es, fundamentalmente, esperanza  fundada en las promesas de Dios.  La utopía cristiana tiene hondas raíces bíblicas.  Encontramos que en el antiguo testamento el pueblo de Israel vive de la esperanza mesiánica, cree firmemente en la llegada de un Mesías salvador; es esa esperanza la que daba sentido a su historia, convirtiéndola en “historia de la salvación”.

 

En la primera lectura (Cf., Is 11, 1-10), el profeta Isaías nos anuncia la llegada de un juez justo que no juzgará por las apariencias, que defenderá al pobre y castigará al impío.  El profeta presenta una imagen del paraíso que parece el relato de un sueño: nos habla de una paz, de una reconciliación del hombre con la naturaleza, de una armonía entre los seres vivos: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey.  El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.  No harán daño ni estrago por todo mi monte santo…” (Is 11, 6-9).  Se trata de una utopía que se sustenta en la fe, en la esperanza mesiánica.

 

La realización de la utopía mesiánica, descrita en varios pasajes del libro de Isaías, será posible al final de la historia humana.  Con la segunda venida de Cristo se cumplirá plenamente lo anunciado por el profeta: ya no habrá más guerras, ni divisiones, el Señor enjugará las lágrimas de nuestros ojos, no habrá más llanto ni dolor, y el último enemigo vencido será la muerte (Cf., Ap 21, 4); por eso, los cristianos vivimos en anhelante espera del pronto retorno del Señor.  La utopía cristiana no nos saca del mundo, sino que nos compromete en su transformación para acelerar la llegada de la plenitud del reino de Dios.  En efecto, esperar la venida del Señor no significa cruzarnos de brazos, es un compromiso para trabajar preparando su ‘retorno’, no significa evadir nuestras responsabilidades sino asumirlas con espíritu cristiano.

 

En la segunda lectura (Cf., Rm 15, 4-9), el apóstol Pablo nos exhorta a mantenernos en la esperanza, confiando en la fidelidad de Dios que cumple sus promesas, “…entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza” (Rm 15, 4).  La esperanza es el acompañante inseparable de la fe, sin la esperanza la fe decae y finalmente se muere.

 

Esperar quiere decir también la posibilidad de proyectar un futuro distinto, cuya realidad está garantizada por la promesa de Dios.  Debemos sacudirnos de nuestros pecados de omisión, de la inacción, de nuestra falta de esperanza, como dice Jürgen Moltmann, en su libro “Teología de la Esperanza”:  Dios nos promete un cielo nuevo y una nueva tierra, y el hombre actúa como si no existiese nada más que esta tierra.  Dios le promete la vida eterna y el hombre vive como si esta vida fuera la única existente.  Dios le promete el cielo y el hombre prefiere sólo la tierra.  La esperanza cristiana no es simple utopía, pues está fundada en nuestra fe en Cristo, razón y fundamento de nuestra esperanza; sin ese conocimiento de la fe la esperanza se convertiría en mera utopía, en el sentido de irrealizable.  Tener esperanza no es ser irrealista, todo lo contrario, es más realista quien tiene esperanza.  La esperanza no toma las cosas tal como se encuentran ahí sino tal como deberían ser; es decir, el hombre de esperanza ve otra dimensión de las cosas, ve otras posibilidades que no puede ver el que no tiene fe y esperanza.  El hombre de esperanza se anticipa al futuro, se proyecta a un futuro que todavía no es, pero que llegará a ser.

 

Es necesario soñar despiertos, pensar que es posible un mundo mejor, donde se puedan realizar los más grandes anhelos del hombre. Muchos en el pasado soñaron en un mundo mejor, en un paraíso en la tierra hecho únicamente con el esfuerzo humano, por ese ideal fueron capaces de sacrificar incluso su propia vida. No se equivocaron en soñar, su error fue pensar que podían construir el paraíso en la tierra contando sólo con el esfuerzo humano. Los sueños, los ideales no son, como se piensa, una evasión de la realidad, es la capacidad de ver una dura realidad de otra manera, como debería ser; en consecuencia, nos debe llevar a luchar para transformarla.

 

El hombre no podrá nunca construir un verdadero paraíso en la tierra con sólo su esfuerzo; pero, Dios poten­cia nuestros sueños más allá de lo que somos capaces de soñar.  Soñar, en lenguaje bíblico, equivale con frecuencia a esperar.  La palabra de Dios es alimentadora de nuestra esperanza y de nuestros más grandes sueños.  Dios hará realidad los más grandes sueños del hombre: el sueño de una vida plenamente feliz, donde no haya más sufrimiento, llanto ni dolor.

 

Algunos dicen: ¿Para qué pensar en el futuro si todavía no llega, lo único que existe es el presente?; pero, se olvidan que el sentido del presente se revela en el futuro, que el futuro también será presente.  Esperar no significa olvidarse del presente, todo lo contrario, es una invitación para transformar este presente con el cual estamos disconformes.  Un signo inequívoco de la auténtica esperanza es el valor y la decisión para afrontar los acontecimientos del tiempo presente.  Las esperanzas demasiado humanas más bien nos alienan, nos hacen huir del presente.

 

En la esperanza encuentra el creyente la fuerza para mantenerse, incluso en la oscuridad más profunda, sin desesperar ni desfallecer.  La esperanza cristiana nos recuerda las promesas de Dios, promesas realizadas pero no plenamente cumplidas: esperamos un mundo mejor, un cielo nuevo y una tierra nueva.  La esperanza no es, por otro lado, un optimismo barato del que piensa que todo se arreglará, cayendo así en una conformidad engañosa.  La esperanza nos lleva, más bien, a asumir con responsabilidad nuestras tareas en el mundo. Quien espera se compromete a acelerar el cumplimiento de lo que espera en la vida.

Dios realizará sus proyectos contando con el hombre, Él no va a hacer las cosas por nosotros; Él hará que lo que hacemos alcance una plenitud que de otro modo no podría alcanzar.  El cristiano no puede cruzarse de brazos y esperar que Dios realice su obra. Dios hará que nuestro trabajo, que nuestro esfuerzo tenga la eficacia que sin su ayuda no tendría.  Por eso vale la pena esforzarse, vale la pena sacrificarse por un mundo mejor; pero, con la convicción de que no habrá un mundo mejor, un verdadero paraíso, sin la intervención de Dios.

 

Dios ya está interviniendo en la historia y está invitando a cada uno de nosotros a poner el hombro para construir una sociedad mejor.  Dios no quiere transformar el mundo sin nuestra cooperación.  No hay lugar para la pereza, la ociosidad; hay que soñar despiertos, no dormidos, hay que despertar, como nos decía San Pablo en la lectura del domingo pasado (Cf., Rm 13, 11).  Hay que tomar en serio nuestro compromiso, tomar en serio nuestra fe; por ello, la palabra de Dios nos invita a una constante conversión. Un pecado muy frecuente en nuestro tiempo es la falta de esperanza, la resignación, la pereza, la tristeza; el desaliento, el cansancio, el no querer ser aquello que Dios nos propone, en resignarnos, en sentirnos derrotados antes de luchar por algo en la vida.

 

El evangelio de este domingo (Cf., Mt 3, 1-12) es un urgente llamado de Juan el Bautista a la conversión ante la inminencia de la llegada del salvador.  Convertirse es un “volver al Señor”, desandar los caminos errados; significa también abandonar la dejadez, el conformismo, la pereza, considerar este tiempo como el tiempo definitivo, descubrir la presencia de Dios que llega.  Juan el Bautista decía a los que le escuchaban a orillas del jordán: No se confíen, no se hagan ilusiones considerándose como hijos de Abraham, porque Dios puede sacar hijos de Abraham hasta de las piedras.  Lo mismo diría a muchos cristianos de nuestro tiempo: no se confíen, no se sientan seguros diciendo “somos creyentes”, somos de tal congregación u organización religiosa; eso no sirve de nada si no nos convertimos de corazón.

 

Que este tiempo de adviento, tiempo de espera, tiempo de preparación para la venida del Señor, sea verdaderamente eso, un tiempo de preparación, recordando las palabras del Señor: estén preparados, porque el día y la hora que menos lo piensen viene el Señor.  Hoy ya no es Juan Bautista la voz que clama en el desierto, hoy es la voz de la Iglesia que te dice: prepara el camino del Señor, allana sus senderos.  Pregúntate ¿Cuántas cosas habrá que allanar en tu vida?

 


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