Posted by Father Ato

El 8 de diciembre la Iglesia celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. El texto del evangelio, utilizado en la liturgia para esta solemnidad, hace referencia al relato de la anunciación (Cf., Lc 1, 26-38), lo cual puede inducir erróneamente a algunos fieles a centrar su atención en la concepción virginal de María, en la encarnación del Hijo de Dios anunciada por el ángel Gabriel, antes que en la concepción inmaculada de María en el vientre materno de su madre (a quien la tradición conoce como Santa Ana). Lo que  celebramos en esta solemnidad no es la concepción inmaculada de Jesús, por obra del Espíritu Santo en el vientre de María, sino la concepción inmaculada de María.

 

El dogma la Inmaculada Concepción fue proclamado por el Papa Pío IX, en la Bula Ineffabilis Deus, el 8 de diciembre del año 1854: “…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de todo mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelado por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles.” (Dz, 1641). Hay que precisar, obviamente, que María es criatura humana, no tiene nada de divino, es de la misma naturaleza nuestra, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado; pero, por un singular privilegio de Dios, en atención  a que ella iba ser la madre del Salvador, y por los méritos de Cristo (que le fueron atribuidos anticipadamente) fue preservada del pecado original.

 

En la primera lectura (Cf., Gn 3, 9-15.20) se nos muestra las consecuencias del pecado original de nuestros primeros padres. Adán y Eva fueron creados en gracia y santidad, con ejercicio pleno de su libertad. Independientemente de cuál haya sido el pecado cometido, lo cierto es que hicieron un mal uso de su libertad, desobedecieron a Dios inducidos por el maligno. Su pecado fue “querer ser como dioses” prescindiendo de Dios. Dudaron de Dios, y creyeron al tentador. A consecuencia de su pecado fueron “expulsados del paraíso” (imagen utilizada por el autor sagrado para expresar una suerte de “excomunión”). Las consecuencias de ese primer pecado (pecado original originante) alcanzaron a toda la descendencia humana. Todos ‘heredamos’, de algún modo, esa ‘culpa originaria’. María, después de Cristo, ha sido la excepción, pues ella ha sido preservada del pecado original; eso es, justamente, lo que celebramos en esta solemnidad de la Inmaculada Concepción.

 

Dios, no obstante el pecado de nuestros primeros padres, no abandonó al hombre a su suerte, sino que le anunció, veladamente, la redención futura. A la serpiente (símbolo del demonio), le dirige estas palabras: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tú te abalanzarás sobre su talón” (Gn 3, 15). El pasaje antes citado es conocido como el “Protoevangelio”. El texto anuncia una hostilidad entre la serpiente (Satanás) y el linaje de la mujer (Eva), dejando entrever la victoria final de un descendiente del linaje de la mujer. La  virgen santísima, sería la “Nueva Eva”, que a diferencia de la primera mujer, obedeció plenamente la voluntad del Señor; de la “Nueva Eva”, nace el Redentor. De ahí que algunos padres de la Iglesia, desde el siglo II, han dado una interpretación mesiánico- mariana a dicho pasaje bíblico. Tal interpretación, sin embargo, no ha sido nunca oficializada por la Iglesia.

 

En la segunda lectura (Cf., Ef 1, 3-6.11-12), el apóstol Pablo nos recuerda que en Cristo hemos sido merecedores de los bienes espirituales y celestiales. En efecto, Dios no nos ha destinado a la condenación sino a la salvación. La salvación nos llega únicamente a través de Cristo, y por Él, nosotros que habíamos pecado, hemos sido reconciliados con el Padre. Cristo, descendiente del linaje de la primera mujer, ha vencido al tentador, cumpliéndose así el velado anuncio hecho en Gn 3, 15. El apóstol señala que Dios “nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1, 4). Dios ha llamado a todos a la santidad, eso no sería posible si Jesús no nos hubiera redimido. El apóstol enfatiza que hemos sido salvados por pura gracia, mediante la fe, no por nuestras buenas obras (Cf., Ef 2, 8).

 

El evangelio (Cf., Lc 1, 26-38) nos presente al relato de la Anunciación. El pasaje, ciertamente, no nos habla en absoluto de la concepción inmaculada de María sino de la concepción inmaculada de Jesús por obra del Espíritu Santo; pero lo que hay que destacar en este texto evangélico es el reconocimiento de María como la “llena de gracia” (Lc 1, 28); ella es la que “ha encontrado gracia delante de Dios” (Lc 1, 30); así mismo, cabe resaltar la actitud de María, su respuesta generosa, el abandono incondicional a la voluntad de Dios. Ella no logra comprender el anuncio del Ángel, se turba ante sus palabras; pero, movida por la gracia responde: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Eva fue seducida por el maligno, desobedeció el mandato divino; María, como “Nueva Eva” se deja ‘seducir’ por el amor divino. Con su respuesta generosa María cooperó con el plan de redención que Dios había establecido.

 

Es doctrina de la Iglesia que el pecado original se transmite de padres a hijos, hay una suerte de “solidaridad en la culpa original”. Ese pecado se borra con el bautismo; pero, el bautismo, como todos los sacramentos, tienen su eficacia por la acción redentora de Cristo en la cruz, todos somos salvados por Cristo, la salvación nos llega únicamente por Él, en virtud de su muerte redentora, ¿Cómo entonces se podría aplicar esos méritos de Cristo a su propia madre antes de la encarnación y antes de su sacrificio en la cruz? La Iglesia nos enseña, que sí era posible eso para el caso de María, por un especial privilegio de Dios. María no estaba fuera del alcance de la acción redentora de su hijo, ella también ha sido salvada por Cristo, solo que en su caso, lo fue ‘anticipadamente’, es decir, antes de que se produjese históricamente el sacrificio de Cristo en la cruz. María fue preservada del pecado original (que ella también hubiera heredado) en atención a los méritos futuros de Cristo. María engendró a su propio salvador, Él es carne de su carne, sangre de su sangre. María ‘engendró’ al mismo Dios, pues Cristo es “verdadero a Dios y verdadero hombre”, ella es, pues, la “Madre de Dios”, tal como lo reconoce la Iglesia en el dogma de la maternidad divina (definido en el Concilio de Efeso, el año 431), cuya solemnidad se celebra el 1 de enero.

 

La Iglesia llegó progresivamente a la convicción de que María había sido concebida sin pecado original. Si bien es cierto que recién con la Bula Ineffabilis Deus, del Papa Pío IX, se definió el dogma mariano de la Inmaculada Concepción, eso no quiere decir que antes no existía, en el sentido de la fe (sensus fidei) del pueblo, la convicción de que María esa “inmaculada”. Desde el siglo VII existía una fiesta en el oriente griego dedicada a la “Concepción de María” (sin hablarse todavía de la “Inmaculada Concepción”); la fiesta se extendió por el Occidente. Es recién en el siglo XII que comienza a defenderse la concepción inmaculada de María; pero, también importantes teólogos del siglo XII y XIII encontraron serias dificultades para armonizar la doctrina de la “inmaculada concepción de María” con la universalidad del pecado original y la necesidad de redención que tienen todos los hombres. Fue, principalmente, el filósofo y teólogo franciscano Juan Duns Escoto (1266- 1308) quien defenderá ardorosamente la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, armonizándola con la doctrina del pecado original.

 

Se podrá decir que en el nuevo testamento no se dice expresamente que María fue concebida sin pecado, pero también es cierto que para la Iglesia el “depósito de la fe” no está constituido solo por la Sagrada Escritura sino también por la Tradición. Por otra parte, no se puede pensar que la Tradición de la Iglesia marcha separada a la Escritura, sino que se nutre de ella permanentemente. La doctrina de la Inmaculada Concepción está implícitamente en la Escritura. En el evangelio María es reconocida por el ángel Gabriel como la “llena de gracia” (Cf., Lc 1, 28), ella es también reconocida por Isabel como la “Madre del Señor” (Cf., Lc 1, 43). María es la “llena del Espíritu Santo”, la “llena de gracia y santidad”. Ser “llena de gracia” (gratia plena), equivaldría a decir que en ella no habita el pecado (‘mácula’), que es ‘Inmaculada’ (sin ‘mácula’). En efecto, ¿Cómo podría tener ‘mácula’ aquella en cuyo vientre se encarnó el mismo Dios? ¿No podía Dios preparar a la que albergaría en su seno al Señor? Dios, en su sabiduría previó (pudo ‘ver’) que, en el futuro temporal María, movida por la gracia, daría un sí ante la invitación a ser la madre del Salvador; Dios Padre también pudo ‘prever’ que Jesús llevaría a cabo la obra redentora. En ese sentido, era posible atribuir a  María, anticipadamente, los méritos de su Hijo.

 

En María se armoniza perfectamente la libertad y la gracia. No obstante que María es la “llena de gracia”, concebida sin pecado original, ello no significa que no tenía la posibilidad de pecar (cometer pecados actuales); pero, de hecho, con la ayuda de la gracia, no los cometió, es decir: María no solamente fue preservada del pecado original, sino también fue ‘preservada’ de cometer pecados personales, sin que eso vulnerase su libertad. En el caso de la Inmaculada Concepción, obviamente, fue un hecho independiente de la voluntad de María. En su vida terrena (ejerciendo de su libertad), la virgen, aún teniendo la posibilidad de pecar (como ‘mera posibilidad’, sin llegar a ser ‘posibilidad real’), no pecó por la ayuda de la gracia que potenció el uso de su libertad, y porque no sufrió las consecuencias del pecado original del cual fue preservada en su concepción. San Agustín afirmaba que, por la honra del Señor, había que excluir a María de todo pecado personal (Cf., De natura et gratia 36, 42). El Concilio de Trento enseña que ninguno puede evitar, en su vida entera, todos los pecados, excepto por un especial privilegio de Dios, como es el caso de la bienaventurada Virgen María (Cf., Dz, 833). El Papa Pío XII, en la Encíclica Mystici Córporis (29 de junio de 1943), enseña que la Virgen María estuvo “libre de toda mancha personal u original” (Dz, 2291).

 

 

 

 


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