Posted by Father Ato

El Cristianismo de un mensaje de esperanza. Es la esperanza la que nos anima, la que nos motiva, la que da sentido a nuestros sacrificios, trabajos, la que nos da la fuerza para soportar las tribulaciones, la que nos da la alegría. Nosotros no esperamos sólo algo en la vida, esperamos encontrarnos con alguien más allá de la vida; esperamos encontrarnos con Cristo, porque Él es el sentido de nuestra vida, el objeto de nuestra esperanza, fuente de nuestra alegría, por ello puede decir al Apóstol Pablo: “Estén siempre alegres”, “No se angustien por nada”, “El Señor está cerca” (Cf., Flp 4, 4-6).

 

La Iglesia comienza este nuevo año litúrgico, con el primer domingo de adviento, y comienza anunciando un mensaje de esperanza, invitándonos a prepararnos para encontrarnos con Jesús. Este tiempo de adviento es una preparación para celebrar ese gran acontecimiento de la venida de Jesús al mundo, recordando el nacimiento de Jesús en Belén. Este Jesús que vivió entre nosotros, que fue crucificado, que resucitó y subió al cielo y que vendrá lleno de gloria al final de los tiempos. Por ello, la Iglesia también espera el retorno glorioso del Señor.

 

En la primera lectura (Cf., Is 2, 1-5), el profeta Isaías vislumbra un futuro mesiánico que expresa las esperanzas de la humanidad, nos habla de una paz y armonía, la superación de la guerra y de la división entre los hombres: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.” (Is 2, 4). La realización de esa utopía sólo es posible al final de la historia. Con la segunda venida de Cristo se cumplirá plenamente lo anunciado por el profeta: ya no habrá más guerras, ni divisiones, el Señor enjugará las lágrimas de nuestros ojos, no habrá más llanto ni dolor, y el último enemigo vencido será la muerte (Cf., Ap 21, 4); por eso, los cristianos vivimos en anhelante espera del pronto retorno del Señor.

 

En la segunda lectura (Cf., Rm 13, 11-14), el apóstol Pablo nos exhorta a “espabilarnos”, no dormirnos, sino estar siempre despiertos ante la inminencia de la llegada del Señor. En efecto, esperar la venida del Señor no significa cruzarnos de brazos, es un compromiso para trabajar preparando su retorno, no significa evadir nuestras responsabilidades sino de asumirlas con espíritu cristiano. Esperar en Jesús es estar siempre vigilantes, es dejar, como dice San Pablo, las obras de las tinieblas. “Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de rivalidades  y envidias” (Rm 11, 13); es decir, nuestra fe, nuestra esperanza, supone un verdadero compromiso de cambio.

 

En el evangelio (Cf., Mt 24, 37-44), Jesús anuncia su ‘retorno’ al “final de los tiempos”, urgiéndonos a la vigilancia porque no sabemos de una fecha prevista para su segunda venida, sino que será “como en los tiempos de Noé”, es decir, podría tomarnos “por sorpresa”. Cuando hablamos de “retorno del Señor” no debemos caer en el equívoco de pensar que Cristo se ha marchado, que está ausente de nosotros en lo más alto del cielo y que sólo al final de los tiempos volverá. Jesús no se ha marchado después de su resurrección, Él sigue presente en medio de nosotros: por su palabra, los sacramentos y, sobre todo, en el rostro de nuestro prójimo. Cuando afirmamos que Jesús volverá lleno de gloria, queremos decir que, al final de los tiempos Cristo se manifestará en toda su gloria, en todo su poder, llevando a la plenitud su reino, se cumplirán todas sus promesas, sus elegidos participarán plenamente de la salvación.

 

Cuando hablamos de su retorno triunfal, del fin del mundo, esto no debe ser motivo de preocupación o de miedo, sino todo lo contrario; por eso la Iglesia exclama en la liturgia “Ven Señor Jesús”. Jesús no viene para castigar sino para hacernos participar plenamente de la salvación, por eso debemos alegrarnos de su venida y desear que sea pronto. Los primeros cristianos vivían con esa esperanza de que Jesús retornara pronto, y esa espera de un cercano cumplimiento de las promesas les motivaba en su vida diaria, para no vivir aferrados a las cosas materiales. En nuestro tiempo muchos piensan que el retorno de Jesús no es tan cercano; por eso organizan su vida pensando que tendrán tiempo para convertirse y terminan despreocupándose de Dios. Por ello, los signos bíblicos que nos hablan de esa venida quieren advertirnos sobre la necesidad de estar preparados. Estén despiertos, vigilantes, dice el Señor, porque no saben ni el día ni la hora. “Estén preparados porque a la hora que menos lo piensen viene el Hijo del Hombre” (Mt 24, 44). No se trata de atemorizarnos, sino de prepararnos para ese encuentro con el Señor. Muchos viven totalmente desprevenidos, pendientes sólo de las cosas inmediatas, como si Dios no existiera o estuviera muy ausente de nuestras vidas. El adviento nos dice ‘prepárense’ que el Señor llega; y no se trata de recordar sólo aquella venida de Jesús hace dos mil años, se trata, sobre todo, de prepararnos para esa venida gloriosa al final de los tiempos.

 

Muchos se preguntan ¿Cuándo será? ¿Cuándo volverá el Señor? No se trata de saber fechas para satisfacer la curiosidad. El mismo Señor nos dice que nadie sabe ni el día ni la hora, nos habla de unos signos; pero, esos signos siempre han estado presentes, lo cual quiere decir que toda época debe ser una época de espera inminente en su retorno, que debemos vivir alertas como si ya estuviera por llegar. Quien se imagina que tardará tiende a olvidarse de la necesidad de estar preparado, o piensa que tendrá tiempo para hacerlo. Algo semejante nos dice Jesús en el evangelio de este domingo, “sucederá como en los días de Noé”, la gente vivía totalmente despreocupada de Dios, como mucha gente hoy en día. La venida del Señor será, como en los tiempos de Noé, a muchos los encontrará desprevenidos y no podrán, no los participar del reino glorioso de Cristo.

 

Cristo no solamente viene al final de los tiempos, El también está presente, aunque de modo distinto; hay que saber descubrir los signos de esa presencia en medio de nosotros; para que no nos sucede lo que dice el evangelio de Juan: vino a los suyos; pero los suyos no lo recibieron porque prefirieron las tinieblas a la luz (Cf., Jn 1, 11). Sólo desde la fe podremos reconocer la presencia de Jesús, Él está más cerca de lo que nosotros podemos imaginar.

 

Y ¿Dónde está Jesús, dónde lo podemos encontrar? El hombre de nuestros días puede encontrarse realmente con Jesús, pues Él está presente en los hermanos, ciertamente es necesaria la fe; pero esa fe se concreta en los signos de la caridad. No puedo decir que el otro es mi hermano, que el otro es el rostro de Dios si no lo trato como tal. Creer que Jesús está en los otros tiene que expresarse en la solidaridad. El punto de partida de toda ética pasa por el reconocimiento del otro como persona.

 

Que este tiempo de adviento que hemos comenzado nos permita descubrir esa presencia de Jesús en medio de nosotros. Vivir la navidad es encontrarse con ese Jesús que viene a nosotros cada día.


Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *