Posted by wvasquez

En la Encíclica Lumen Fidei el Papa nos dice que es necesario recuperar la conexión de la fe con la verdad, se trata de una verdad completa que supera el relativismo de nuestro tiempo, teniendo en cuenta que “gracias a su unión intrínseca con la verdad, la fe es capaz de ofrecer una luz nueva” (Lumen Fidei, 24); pero, la fe no solo está conectada con la verdad sino también con el amor. La verdad no puede estar desarticulada del amor, la fe nos abre necesariamente al amor que tiene fuerza transformadora; el amor es fuente de conocimiento. “La luz de amor, propia de la fe, puede iluminar las interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad” (Lumen Fidei, 34). Los hombres no solamente buscan saber, como decía Aristóteles, sino que también buscan amar; pero ¿Cómo hay que entender ese amor en relación con la verdad y la fe, cómo se articulan? ¿En qué sentido el amor se convierte en una fuente objetiva de conocimiento?

El acto de fe involucra el ‘corazón’ del hombre y, en ese sentido, “con el corazón se cree” (Rm 10, 10). El ‘corazón’ no se reduce a los sentimientos, a la afectividad. En la Biblia el ‘corazón’ expresa la interioridad de la persona en la que se articulan la inteligencia, el sentimiento y la voluntad. Con el ‘corazón’ nos abrimos a la verdad y al amor. “La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz” (Lumen Fidei, 26). El amor tiene que ver necesariamente con la verdad. El Papa precisa que el amor no puede reducirse a un buen sentimiento del corazón, voluble y sin referencia a la verdad. El amor tiene que ver con la afectividad, pero no se encierra en ella, tiene necesidad de verdad. El amor puede perdurar en el tiempo sólo si está fundado en la verdad, pues “si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo” (Lumen Fidei, 27).

El amor tiene una fuerza iluminadora. Quien ama hace una experiencia de verdad, está en mejores condiciones para conocer la verdad y, de ese modo comprender mejor la realidad. En ese sentido, el amor constituye una fuente de conocimiento por su inseparabilidad con la verdad. “Si el amor necesita de la verdad, también la verdad tiene necesidad del amor. Sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca. Quien ama comprende que el amor es experiencia de verdad, que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de un modo nuevo, en unión con la persona amada” (Lumen Fidei, 27).

La búsqueda de la verdad por el camino de la razón siempre es problemática, resulta muy difícil encontrar la unidad en la verdad, cayéndose muchas veces en un relativismo en el cual cada quien defiende ‘su verdad’, una verdad individual o reducida a un aspecto muy concreto de la realidad. En esas condiciones, proponer una ‘verdad común’ puede conllevar a diversas formas de totalitarismos o fanatismos. En cambio, nos dice el Papa, desde la experiencia del amor, por su articulación, con la verdad, “es posible tener una visión común”, “amando aprendemos a ver la realidad con los ojos del otro, y que eso no nos empobrece, sino que enriquece nuestra mirada” (Lumen Fidei, 47). La luz de la fe, que es luz de la verdad y del amor, nos conduce hacia la fuente originaria de la luz, es decir: a Dios que se revela en Jesucristo, luz verdadera para todos los hombres. Es el amor lo que construye la unidad, “sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres” (Lumen Fidei, 51). La fe, pues, por estar vinculada a la verdad y al amor, no puede ser ajena a los problemas del mundo, a la búsqueda de la justicia y la paz, a la construcción de una sociedad fraterna. “Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5, 6), la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho  y de la paz” (Lumen Fidei, 51). A lo largo de la historia hemos sido testigos de proyectos infructuosos de construir una fraternidad universal fundándose en la igualdad de la personas; pero, como bien señala el Papa, “esta fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir” (Lumen Fidei, 54). Para hacer realidad la ‘fraternidad estable’ se hace necesario abrirse al amor, reconociendo a un único Señor como fuente del amor unificante. Abriéndonos al amor nos abrimos necesariamente a la verdad.  “El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (Lumen Fidei, 21).

El cristianismo ha contribuido a humanizar la sociedad a partir de su concepción de la dignidad de la persona humana. No olvidemos que el concepto de ‘persona’ es un aporte del Cristianismo; “gracias a la fe hemos descubierto la dignidad única de cada persona, que no era tan evidente en el mundo antiguo” (Lumen Fidei, 54). La fe no solamente ha contribuido a revalorar la dignidad humana sino también a la naturaleza, amándola y respetándola. En efecto, la naturaleza no es una despensa de la cual el hombre pueda disponer arbitrariamente. Por su corporeidad el hombre está integrado al cosmos, al punto que podemos decir que “el mundo es el cuerpo ensanchado del hombre”. Por otra parte, por la redención de Cristo no sólo el hombre ha sido redimido sino también la naturaleza, la materia.

La luz del amor, inseparable de la verdad, es una luz objetiva, fuente de conocimiento, un nuevo ‘modo de ver’ que ilumina al hombre en su camino al encuentro con el Señor; permite comprender todos los acontecimientos de la vida desde una perspectiva más profunda y abarcante.

 


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