Posted by wvasquez

 

“En la liturgia de Semana Santa, la luz del cirio pascual enciende otras muchas velas. La fe se pasa de uno a otro, tal y como cada vela se enciende de una a otra”, dice la encíclica “Lumen Fidei” del Papa Francisco.  El Papa Francisco ha publicado la primera carta encíclica de su pontificado, bajo el título de “Lumen Fidei” (“La Luz de la Fe”). La encíclica, salida a la luz en ocasión de la Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo (29 de junio de 2013), se enmarca dentro de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia respecto a la virtud de la fe, sumándose a lo escrito por su antecesor en las encíclicas sobre la caridad y la esperanza. Tal como lo señala explícitamente el Papa Francisco, esta nueva encíclica recoge el trabajo iniciado por Benedicto XVI: “Él ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones.” (Lumen Fidei, N.° 7). En ese sentido podemos decir que “Lumen Fidei” constituye la “Última encíclica de Benedicto XVI” y “La primera encíclica del Papa Francisco”.

Los católicos esperábamos con mucha expectativa la salida de esta encíclica en el contexto del Año de la Fe. Benedicto XVI, a raíz de su dimisión, no pudo concluir ese trabajo, pero nos ha dejado un precioso legado; a través de sus páginas podemos apreciar la profundidad de su pensamiento, la solidez de su teología, a la que nos tenía acostumbrados en sus escritos. El Papa Francisco le ha añadido “algunas aportaciones” a la primera redacción de la encíclica hecha por Benedicto XVI. Lo importante es que la nueva encíclica recoge magistralmente la enseñanza de la Iglesia sobre la fe y será de una enorme ayuda para todos los católicos e incluso para los que no lo son, pero que buscan sinceramente el camino de la verdad.

El título de la encíclica recoge la metáfora de la luz, de profundo contenido en la tradición de la Iglesia. La luz está asociada a la verdad, a la vida. Cristo mismo se presenta en el evangelio como la luz: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). ¿En qué sentido la fe es una luz para los hombres? La fe está asociada a la escucha de la palabra, pero también al “ver”, a la luminosidad. Creer es escuchar y, al mismo tiempo, ver. El que cree puede “ver” aún en la oscuridad. El Papa nos dice que “es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre” (Lumen Fidei, N. 4). Ahora bien, la luz de la fe, por ese carácter que lo abarca todo y potente “no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva de Dios” (Ibid). La fe, pues, en ese sentido, es un don que Dios da al hombre para iluminar su camino hacia el encuentro con la fuente misma de la luz, de la verdad, de la vida humana y de la eternidad. “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso.” (Lumen Fidei, N.° 1).

La encíclica hace un breve recorrido bíblico mencionando los personajes que destacaron por su fe. Reconoce la figura de Abraham como padre de la fe, destaca la fe de Israel, hasta llegar a la plenitud de la fe cristiana expresada en el nuevo testamento, allí somos llamados a “creer a Jesús” y a “creer en Jesús”. «Creemos a» Jesús cuando aceptamos su Palabra, su testimonio, porque él es veraz (cf. Jn 6,30). «Creemos en» Jesús cuando lo acogemos personalmente en nuestra vida y nos confiamos a él, uniéndonos a él mediante el amor y siguiéndolo a lo largo del camino (cf. Jn 2,11; 6,47; 12,44) [Lumen Fidei N°. 18].

La encíclica trata de temas fundamentales como la fe y su relación con la verdad y el amor, la fe como escucha y visión, el diálogo entre fe y razón, la Iglesia como madre de nuestra fe, la fe y búsqueda de Dios, los sacramentos y la transmisión de la fe; la fe, oración y decálogo, unidad e integridad de la fe, fe y bien común, fe y familia. Finalmente, y como no podía dejar de ser, el Papa presenta la figura de María como un “icono perfecto de la fe…En la madre de Jesús, la fe ha dado su mejor fruto…En su vida, María ha realizado la peregrinación de la fe, siguiendo a su Hijo.”(Lumen Fidei, N.° 58).

El hombre, dice el Papa, “tiene necesidad de conocimiento, tiene necesidad de verdad, porque sin ella no puede subsistir, no va adelante. La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos…gracias a su unión intrínseca con la verdad, la fe es capaz de ofrecer una luz nueva.” (Lumen Fidei, N. 24). La fe nos abre el camino para llegar a ‘comprender’ incluso lo que desborda el ámbito de la razón, más allá de los límites propios del ‘Yo’ individual; así se cumple lo que San Agustín decía: “Cree para que entiendas, entiende para que creas”.

El hombre no puede renunciar a su búsqueda de la verdad, pero no se puede reducir esa verdad al ámbito de la ciencia, o a la “verdad tecnológica”; por ello, “recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aun más necesario, precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos…” (Lumen Fidei, N.° 25). La verdad de la religión no conlleva al fanatismo, sino que, por el contrario, la búsqueda de esa verdad se constituye en fuente de unidad, porque “la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro ‘yo’ pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común.”(Ibid.). La verdad de la fe no puede estar desarticulada del amor, la fe nos abre necesariamente al amor que tiene fuerza transformadora; el amor es fuente de conocimiento, “sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca.” (Lumen Fidei, N.° 27).

Finalmente, el creyente debe tener presente que “La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar.”(Lumen Fidei, N.° 57). En medio de la penumbra, o incluso de la oscuridad, Dios nos garantiza siempre su presencia y fidelidad.

 

 

 

 


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