Posted by wvasquez

Reflexionamos sobre uno de los temas de la Encíclica “Lumen Fidei”, sobre las relaciones entre fe y verdad. Esto presupone que, previamente, tenemos idea clara de lo que sea la fe y una adecuada concepción de lo que sea la verdad, lo cual no deja de presentar serias dificultades. La fe no es un “salto al vacío” ante la falta de luz aportada por la razón. La fe, siendo un don de Dios, como respuesta humana a la revelación es también un acto intelectivo provisto de objetividad, y que nos abre al amor. La fe está anclada necesariamente en la verdad, y ésta en la realidad.

Aristóteles comienza su libro de la Metafísica diciendo: “Todos los hombres desean por naturaleza saber” (Metafísica 980 a21). La inteligencia humana tiene como objeto la verdad, es aprehensión de realidad. Los griegos concibieron la verdad como ‘descubrimiento’ o  ‘desvelación’ (Alétheia), es decir, ‘correr el velo’ a algo que se presupone está oculto a la simple visión. El problema de la verdad se pone ya desde Parménides (siglo VI a.C.). En uno de los fragmentos de sus poemas se habla de una diosa que le ofrece mostrar “el corazón inconmovible de la verdad rotunda”. Parménides plantea el problema de la verdad desde el ‘ser’: algo es verdad en tanto que expresa el ‘ser’ de las cosas. En filosofía escolástica se impone la concepción de la verdad como ‘conformidad’ o ‘adecuación’ del pensamiento con las cosas, esta idea es seriamente cuestionada por Kant, quien sostiene que no es el entendimiento el que se conforma con las cosas, sino al revés: son las cosas las que se conforman con el entendimiento. El problema de la verdad recorre toda la filosofía, con múltiples respuestas y posturas antagónicas, sin que se pueda establecer consensos. El filósofo X. Zubiri, señala que “la verdad no solamente es un atributo del conocimiento, es también atributo de las cosas”; hay verdad no solo en el entendimiento que afirma, sino que hay primariamente una verdad real, en cuanto verdad de las cosas. Habría pues, una ‘verdad simple’ (‘verdad real’, verdad como ‘ratificación’) y una ‘verdad dual’ (verdad como autenticidad, como conformidad y como cumplimiento); la verdad dual se funda en la verdad simple. La verdad, ciertamente, no se identifica con la realidad, para Zubiri “la verdad es cualidad de la intelección en cuanto en ella está presente lo real.” (Cf., Inteligencia Sentiente. Inteligencia y Realidad).

A este punto cabe preguntarnos ¿Qué tiene que ver la fe con la verdad? El Papa Francisco nos dice que el hombre “tiene necesidad de conocimiento, tiene necesidad de verdad, porque sin ella no puede subsistir, no va adelante. La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos…gracias a su unión intrínseca con la verdad, la fe es capaz de ofrecer una luz nueva.” (Lumen Fidei, 24). ¿De qué tipo de verdad estamos hablamos? ¿Cómo se une intrínsecamente la fe con la verdad? El hombre no puede renunciar a su búsqueda de la verdad, pero no se puede reducir esa verdad al ámbito de la ciencia, o a la “verdad tecnológica”; por ello, “recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aun más necesario, precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos…” (Lumen Fidei, 25). No es que haya una verdad para la ciencia, una verdad para la filosofía y otra verdad para la religión; la verdad es una sola y es unificante. Es imposible que algo sea verdad en la ciencia y no lo sea para la religión. Ciertamente que la Sagrada Escritura no pretende enseñarnos una verdad científica sino la “verdad para nuestra salvación”; pero, esa ‘verdad’ no puede ser menos verdad que la de la ciencia; por el contrario, la verdad de la fe es una verdad plena, total, englobante (en cuanto que incluye las otras verdades parciales que la ciencia y la filosofía pueden aportarnos). Escrutar la realidad en toda su profundidad, buscando su verdad, nos lleva necesariamente a Dios, pues Él está en el ‘fondo’ de toda realidad como resplandor de la misma. Es necesario recoger la idea de verdad real, entendiendo la realidad en su plena dimensión, la realidad creada que refleja la presencia de Dios. Dios está en lo más profundo de la realidad haciendo que las cosas sean reales, sin su presencia no solo no habría verdad sino que no habría realidad. El salmista, al ensalzar las obras de la creación, dice: “Escondes tu rostro Señor y se anonadan, les retiras su soplo y expiran, y a su polvo retornan” (Sal 104, 29). Dios sostiene su creación, en esa creación proyecta su luz, resplandece en ella.

La verdad de la religión no conlleva al fanatismo, sino que, por el contrario, la búsqueda de esa verdad se constituye en fuente de unidad. La verdad de la fe, señala el Papa, no puede estar desarticulada del amor, la fe nos abre necesariamente al amor que tiene fuerza transformadora; el amor es fuente de conocimiento, “sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca” (Lumen Fidei, 27). La pregunta por la verdad nos hace salir de nuestro ‘Yo’ limitado, “Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común” (Ibid). La verdad de la fe no hace referencia a una verdad puramente interior, “la verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia” (Lumen Fidei, 30). En la realidad creada, en cuanto creada, resplandece la verdad, la bondad y la belleza. De ahí que quien busca sinceramente la verdad, practica la bondad y ama la belleza, se encontrará con la fuente de donde brotan, es decir, con Dios. Por la encarnación del Hijo de Dios esa realidad adquiere un nuevo resplandor, no solo la naturaleza humana ha sido elevada sino la realidad creada en su totalidad. En Jesús la verdad adquiere un rostro concreto; Jesús nos dice: “Yo soy la Verdad…” (Jn 14, 6). En Jesús la verdad misma se ha hecho carne y nos desvela el rostro de Dios. “La luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús” (Lumen Fidei, 34).  De ahí que, escrutar la realidad en toda su riqueza nos lleva a encontrarnos con la verdad, que es fuente de unidad para todos los hombres;  “la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia” (Ibid). En ese sentido, como señala el Papa, “la fe despierta el sentido crítico”, llevando al científico a ir más allá de sus propias fórmulas e hipótesis de trabajo, pues la realidad no puede reducirse a las posibilidades del conocimiento científico.

 


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