Posted by wvasquez

Estamos viviendo el Año de la Fe, año que ha comenzado el 11 de octubre de 2012 y que concluirá el día 24 de noviembre de 2013 con la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey. Como decía el Papa Benedicto XVI (al anunciar el Año de la Fe), se trata de un “momento de gracia y de compromiso por una cada vez más conversión a Dios, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarlo con gozo al hombre de nuestro tiempo.” El Año de la Fe debía ser vivido en una perspectiva misionera, pues lo que se busca es “dar un renovado impulso a la misión de la Iglesia”. Estamos a pocos meses de concluir el Año de la Fe, cabe entonces preguntarnos ¿Cómo estamos contribuyendo a ese nuevo impulso misionero de la Iglesia? ¿Hemos realmente reforzado nuestra fe? ¿Estamos dando testimonio de Jesús Resucitado?

El seguimiento de Cristo se concreta en la misión, pues no se puede hablar de vocación sin misión. Es necesario insistir en que la Iglesia es, por naturaleza, misionera. Todos somos llamados a participar de la misión de la Iglesia, que no es otra cosa que la prolongación de la misión de Jesús. Ahora bien, no debemos nunca olvidar que el verdadero protagonista de la Misión, el verdadero evangelizador, es el Espíritu Santo (Cf., Redemptoris Missio N.° 30), por tanto: tenemos que abrirnos siempre al impulso del Espíritu, dejarnos conducir por Él.

El evangelio de Lucas (Cf., Lc 10, 1-12) destaca las condiciones en las cuales se desarrolla la misión, de las actitudes que debe tener el misionero en el cumplimiento de su tarea, la urgencia de la misión. Se pone de relieve que el éxito de la misión no depende tanto del esfuerzo humano, de la cantidad de recursos empleados, de una excelente planificación, de una buena campaña publicitaria, sino de la acción del Espíritu Santo, por ello Jesús pone en primer plano la necesidad de la oración: “Oren al dueño de la cosecha para que envíe obreros a su campo” (Lc 10, 2). Ninguna planificación pastoral, ni toda la tecnología puesta al servicio de la evangelización servirán si falta la oración. Toda misión es estéril si no está animada por el Espíritu. La oración es la fuente de la cual el misionero tiene que nutrirse permanentemente. Desde luego, con esto no se quiere decir que no haya necesidad de ningún tipo de planificación pastoral, o que no se requiera de algún tipo de organización y un mínimo de recursos, sino simplemente que: siendo todo eso muy importante no es, sin embargo, lo más importante. Ese es el sentido de esas expresiones de Jesús en el evangelio: “No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias…” (Lc 10, 4). La Iglesia, a lo largo de la historia, ha tenido siempre que luchar contra la tentación de instalarse y ‘aprovisionarse’ de suficientes bienes y recursos materiales “para la evangelización”; menos mal que no han faltado santos que, como Francisco de Asís, le han recordado siempre a la Iglesia que el éxito de la evangelización no se sustenta en la posesión de bienes materiales, en el poder político o económico, sino en la fuerza del Espíritu. La Iglesia que anhela Jesús no es la Iglesia vinculada al poder, sino una Iglesia al lado de los pobres y excluidos de la sociedad. Si bien es cierto que “el obrero merece su salario” (Lc 10, 7), no debemos comportarnos como misioneros asalariados, ni menos pretender obtener elevados salarios por nuestro “trabajo evangelizador”.

Toda pastoral tiene que estar animada de una espiritualidad, la espiritualidad del seguimiento de Jesús. La misma praxis pastoral de la Iglesia nos ha demostrado fehacientemente que las grandes obras misioneras de la historia fueron hechas con escasísimos recursos, por unos pocos hombres o mujeres que movidos por la fe, el entusiasmo, se entregaron total y generosamente al servicio del evangelio. Un ejemplo preclaro de esto es el mismo San Pablo, quien, como verdadero seguidor del Señor, no saca a relucir sus propias virtudes y capacidades sino que su misión está basada desde la fuerza de la cruz de Cristo. Ha llegado a una plena identificación con Cristo que lleva sobre sí las huellas de la cruz (Cf. Gál 6, 17), en el sentido de haber asumido todas las consecuencias del seguimiento: persecuciones, azotes, cárceles, etc. Nuestro orgullo y alegría no debe estar en la cantidad de gente que supuestamente hemos evangelizado, ni en los ‘demonios’ que hayamos expulsado, sino en nuestra fidelidad a Jesucristo y a su palabra. Nuestro orgullo es la cruz de Cristo asumida con convicción en nuestra vida.

En nuestra Hoja de Vida (Currículum) como misioneros, más que destacar nuestras ‘especializaciones’, grados y títulos obtenidos, cursos y talleres en los que hemos participado, habría que acreditar los sufrimientos padecidos como consecuencia de ser fieles a Jesús en la acción misionera, no necesariamente azotes y cárceles; hay otras formas como podemos ser azotados: con la burla, la calumnia, la murmuración, la indiferencia o hasta el desprecio por tratar de vivir el evangelio. No es que debamos buscar persecuciones para poder ostentar una destacada hoja de vida misionera. Los sufrimientos y persecuciones los encontramos en la vida sin necesidad de buscarlos, cada vez que intentamos vivir la radicalidad del evangelio. Hay que dudar mucho de los “misioneros exitosos” que predican el evangelio sin ningún contratiempo, sin sufrimientos, sin riesgos, sin ningún tipo de persecución o amenaza, podría ser que no estén anunciando realmente el evangelio de Cristo.

Jesús también señala en el evangelio la urgencia de la misión: “No se detengan a saludar a nadie por el camino…” (Lc 10, 4). No se trata de ser descorteses, o de no guardar los buenos modales, sino que, dada la urgencia de evangelizar, el discípulo no debe entretenerse en el camino, es decir, debe ser consciente de su verdadera misión y la urgencia de la misma: hay muchos que esperan la palabra, hay enfermos que necesitan ser atendidos. Jesús nos invita a no entretenernos en discusiones estériles, en exhibiciones innecesarias, en agasajos o reuniones de camaradería. El tiempo apremia, es hora de la misión.

Jesús, por otra parte, no nos ha garantizado el éxito, sino la fidelidad: estar siempre con nosotros, también en los momentos de mayor oscuridad y sufrimiento. No debe, pues, sorprendernos que la palabra sea rechazada; está de por medio la libertad humana, no por esto debemos pedir que el Señor haga descender fuego sobre los ‘infieles’ que se resisten a su palabra; quizá no es que se resisten a su palabra, sino que nuestro testimonio no resulta convincente para ellos. Deberíamos preguntarnos entonces ¿Qué es lo que hace que nuestro testimonio no sea convincente? No olvidemos aquél adagio latino “las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran”. Un hombre movido por el Espíritu siempre arrastra a otros.

El misionero, asimismo, no podría soportar las exigencias de la misión si no tuviese la fuerza que viene de Cristo. Su fortaleza es Jesús, como dice San Pablo “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Flp 4, 13); por ello, no todo es sufrimiento, está el gozo de sabernos acompañados de Jesús, la alegría de ser instrumentos del Señor, haciéndonos dignos de la recompensa eterna, de “la corona de gloria que no se marchita” (1Cor 9, 25), del “ciento por uno en esta vida y además la vida eterna” (Mt 19, 29). Tenemos, pues, muchas motivaciones para entregarnos con generosidad al servicio de la misión. No puede existir un verdadero misionero que a pesar de todos sus sufrimientos no se sienta feliz de entregarse a la misión. No hay alegría mayor que sentirnos cercanos a Jesús, sintiéndonos acompañados por Él.

 


One Response to Exigencias de la Acción Misionera – Padre Lorenzo Ato

  1. Kyle says:

    Bendiciones!!! No habia tenido la opundoritad de ver la pagina Quiero expresarles lo agradecida que estoy con Dios por guiarme hacia esta iglesia y que ustedes me hayan permitido ser parte de ella, mi fe es renovada cada dia, al escuchar la palabra que Dios tiene para cada uno de nosotros, por medio del Pastor. Dios me ha llevado a situaciones y lugares que nunca imagine, como el involucrarme en el grupo de jovenes y esto lo he logrado a traves de su testimonio. Mil gracias y que Dios los siga bendiciones y usando para su obra.

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