Posted by wvasquez

El 29 de junio la Iglesia celebra la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, conocida también como “Día del Papa” en alusión a que el Santo Padre es el legítimo sucesor de San Pedro, a quien Jesús confió el cuidado de la Iglesia, tal como se relata en Mt 16, 18-20 (texto conocido como la “Promesa del primado”). ¿Cuál es el significado y alcance de esa elección de Pedro? ¿Tuvo Jesús el propósito de que el encargo confiado a Pedro se extienda a sus sucesores?

El pasaje evangélico de Mt 16, 13-20, en el que se contiene la “Confesión de fe de Pedro” ” (“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”) y la promesa del primado, nos plantea el tema de la identidad de Jesús como “Mesías”. “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. La pregunta ¿Quién es Jesús? se encuentra en el centro mismo del evangelio. Jesús plantea esa pregunta justo en el camino de Galilea a Jerusalén, ciudad donde el “Mesías” será crucificado pero resucitará al tercer día. Jesús exige a sus discípulos que no solamente recojan las versiones sobre lo que la gente dice de Él, sino una toma de postura con respecto a su persona y su obra. Resulta fundamental que los discípulos sepan a quién están siguiendo ¿A un líder político religioso que restaurará el reino de Israel? ¿A un Mesías sufriente que debe pasar por la humillación de la Cruz para llegar a la gloria? De la respuesta que se dé a la pregunta planteada por Jesús, dependerá el significado y alcance del seguimiento. El reconocimiento por parte de Pedro de Jesús como el “Cristo” es incompleto, en el sentido de que Pedro tiene una idea reducida de lo que significa ese título atribuido a Jesús. Pedro no puede concebir y aceptar la idea de un “Cristo” sufriente, y menos la muerte del “Ungido” en el madero de una cruz. En realidad, los discípulos no llegaron a comprender la verdadera naturaleza del mesianismo de Jesús sino hasta después de la resurrección.

Los evangelios sinópticos sitúan la llamada “Confesión de Pedro” (Cf. Mt 16, 13-20; Mc 8, 27-30; Lc 9, 18-22) en las cercanías de Cesarea de Filipo, una ciudad ubicada en la orilla norte del Mar de Galilea, a unas 25 millas (40 kilómetros) más al norte, junto al Monte de Hermón. En el relato de la Confesión de Pedro se destaca que el reconocimiento de Jesús como el “Cristo” (Mesías) es una revelación que proviene de lo alto, no es una deducción que provenga de la ‘sabiduría humana’ de Pedro; lo cual queda además evidenciado por la actitud que asume Pedro cuando, después de aquella confesión, Jesús le habla de su pasión y muerte en Cruz. Pedro increpa a Jesús diciéndole: “Eso no te puede suceder” (Mt 16, 22), lo cual genera la respuesta dura de Jesús: “¡Quítate de mi vista Satanás, eres piedra de tropiezo!” (Mt 16, 23). Jesús había elogiado inicialmente a Pedro por su confesión de fe, diciéndole “bienaventurado”, casi seguidamente lo llama “Satanás”, lo cual no es una buena calificación para el “primer Papa”. Al respecto cabe citar lo señalado por el Papa Benedicto XVI: “…se manifiesta la tensión que existe entre el don que proviene del Señor y la capacidad humana; y en esta escena entre Jesús y Simón Pedro vemos de alguna manera anticipado el drama de la historia del mismo papado, que se caracteriza por la coexistencia de estos dos elementos: por una parte, gracias a la luz y la fuerza que viene de lo alto, el papado constituye el fundamento de la Iglesia peregrina en el tiempo; por otra, emergen también, a lo largo de los siglos, la debilidad de los hombres, que sólo la apertura a la acción de Dios puede transformar” (Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, 29 de junio de 2012).

La exégesis católica ha pretendido fundamentar el llamado “Primado de Pedro” en un texto clave de San Mateo (que no aparece en Lucas ni en Marcos al narrar el mismo episodio de la confesión de Pedro), en el que Jesús dirige estas palabras a Simón: “Tú eres Pedro, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19). Se trataría aquí de una promesa absoluta e incondicionada de Jesús a favor de Pedro, una promesa estrictamente personal, que responde a la voluntad libérrima de Jesús. Otra de las imágenes en las que se expresa explícitamente el encargo hecho por Jesús a Pedro es la de “pastor”, como nos refiere el epílogo del evangelio de San Juan, en el cual Jesús dice a Simón Pedro: “Apacienta a mis ovejas” (Jn 21, 17).

El Señor no elige a Simón por sus cualidades personales, por su integridad de vida, por su fe, ni por ninguna otra característica del elegido sino simplemente porque quiso. Podríamos decir incluso que Simón no era ni siquiera uno de los apóstoles humanamente mejor dotados entre los doce. No cabe, pues, preguntarse ¿Por qué Jesús escogió a Pedro y no a otros? Jesús cambia el nombre de Simón por el de “Pedro” (‘piedra’, ‘roca’), con ello quiere expresar la nueva misión del apóstol: ser la roca sobre la que se sienta el edificio espiritual de la Iglesia fundada por Jesús; aunque, en sentido estricto, la verdadera ‘roca’ es Jesús mismo. El Señor utiliza imágenes tales como: “Piedra”, “llaves”, “atar y desatar”, para hablar del significado de la misión de Pedro. La entrega de las llaves expresa la “autoridad”, la entrega de un “poder” que le es conferido a Pedro. Entiéndase dicha autoridad como servicio. Quien detenta la mayor autoridad en la Iglesia está llamado a ser el mayor servidor de todos; de ahí que el Papa deber ser verdaderamente el “Servus servorum Dei” (“siervo de los siervos del Señor”). La otra imagen, “atar y desatar”, también expresa la autoridad conferida a Simón.

El Papa Benedicto XVI, nos dice que “Las dos imágenes—la de las llaves y la de atar y desatar – expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente. La expresión «atar y desatar» forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo «en la tierra…en los cielos» garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios.” (Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, 29 de junio de 2012). La autoridad de atar y desatar consiste, fundamentalmente, en el poder de perdonar los pecados, teniendo en cuenta, como dice el Papa Benedicto XVI, que “La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo”. Ese poder conferido a Pedro se transmite a sus sucesores, es decir a los papas que se han sucedido y sucederán a lo largo de la historia de la Iglesia. El Santo Padre, como obispo de Roma, sucesor de San Pedro, tiene también ese poder de “atar y desatar”, ha recibido el don del Señor para poder conducir a su Iglesia. La autoridad recibida, obviamente, es para el servicio de la Iglesia


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