El tiempo de Navidad termina con la fiesta del Bautismo del Señor. La escena del Bautismo de Jesús es relatada por los cuatro evangelios, lo cual es también un indicativo de la relevancia que tiene ese acontecimiento en el Nuevo Testamento. Se trata de una gran epifanía trinitaria, en ella se revelan las tres personas del misterio trinitario: Jesús, el Hijo de Dios que recibe el bautismo y es ungido por el Espíritu Santo (bajo el símbolo de la paloma), y el Padre que proclama a Jesús como su Hijo amado y predilecto. Dios es como se revela, y Él se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo, por eso creemos en la Santísima Trinidad.
El bautismo administrado por Juan a Jesús en el río Jordán es fundamental para entender el evangelio, el ministerio público de Jesús que tiene como punto de partida precisamente ese episodio en el Jordán. Los apóstoles harán referencia a ese punto de partida: Jesús “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo” (Hech 10, 38). El Bautismo de Jesús marca el comienzo de la vida pública de Jesús, “es la manifestación (‘Epifanía’) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.” (Catecismo N.º 535). Juan el Bautista opone un ‘bautismo con agua’ al ‘bautismo en el Espíritu Santo’. El bautismo de Juan es ‘En el agua y con agua’, haciendo referencia a una purificación exterior, pero que no destruye la raíz del mal (el pecado). El bautismo que nos trae Jesús, en cambio, es ‘En el Espíritu Santo y con fuego’, el cual supone la liberación del pecado y un nuevo nacimiento en el Espíritu.
A diferencia de Marcos y Lucas, el relato de San Mateo (Cf., Mt 3, 13-17) introduce un diálogo interesante entre Juan el Bautista y Jesús en el que se recalca la superioridad de Jesús sobre Juan. Se describe la escena en la cual Jesús se presenta ante Juan Bautista, a orillas del Jordán, pidiendo ser bautizado. El evangelio de Mateo destaca la resistencia inicial de Juan para acceder al requerimiento de Jesús. ¿Por qué se negaba Juan a Bautizar a Jesús? Juan Bautista había predicado invitando a la conversión, como signo de arrepentimiento e impetración del perdón de Dios los pecadores se hacían bautizar en el Jordán (Cf., Lc 3, 1ss), es decir: el bautismo se administraba a los pecadores que tenían un propósito de enmienda. Juan Bautista era plenamente consciente que Jesús no necesitaba recibir ese bautismo como signo de conversión; sin embargo, Jesús estaba allí, en la fila de los pecadores, esto no podía ser entendido por Juan Bautista, ello explica su resistencia inicial y su respuesta dada a Jesús: “Soy yo el que necesita que tú me bautices…” (Mt 3, 14). Jesús no da muchas explicaciones a Juan, va a lo esencial: es necesario cumplir lo que Dios quiere; pero ¿Qué es lo que Dios quiere? Dios quiere que todos los hombres se salven y ha enviado a su propio Hijo en rescate de la humanidad pecadora, Jesús tiene la misión de “cargar con los pecados del mundo”. Jesús es ese “Siervo sufriente” del que habla el Profeta Isaías, la “luz de las naciones”, el que viene a abrir los ojos de los ciegos, a liberar a los cautivos (Cf., Is 42, 1-4.6-7). El catecismo de la Iglesia nos enseña que El bautismo de Jesús es “la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ (Jn 1, 29); anticipa ya el ‘bautismo’ de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a ‘cumplir toda justicia’ (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf. Mt 26, 39).” (Catecismo N.º 536).
El gesto de Jesús de ponerse en la fila de los pecadores, no significa, obviamente, que Jesús haya tenido necesidad de arrepentirse de algún pecado, pues Él es Santo por excelencia, el único justo, no necesitaba purificarse de nada. Jesús, al ponerse en la fila de los pecadores y recibir el bautismo de Juan, quiere darnos a entender que viene a cargar sobre sus hombros con los pecados de la humanidad. “Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para ‘cumplir toda justicia’ (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su ‘anonadamiento’(Flp 2,7)” (Catecismo N.º 1224). Él no bajó al Jordán para purificarse sino que, por el contrario, Él purificó las aguas que serían, después de su acto redentor, un signo del renacimiento a una nueva vida en el Espíritu.
Es necesario insistir en que el bautismo de Juan no es el bautismo cristiano. Siendo el bautismo cristiano un verdadero sacramento, necesario para la salvación, no puede haber bautismo como sacramento sin la acción redentora de Jesús en la Cruz. “En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo” (Catecismo N.º 1225). El bautismo cristiano tiene su origen en la cruz de Cristo, en su muerte redentora. “Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección” (Catecismo N.º 537). Resulta, pues, carente de todo fundamento lo que suelen decir algunos hermanos separados que no aceptan el bautismo de niños: afirman que como Jesús se bautizó en el Jordán siendo adulto, cuando tendría aproximadamente treinta años, así también todos debemos bautizarnos siendo adultos. Nadie puede ponerse a la altura de Jesús; todos nosotros somos pecadores. Si fuéramos santos como Él no necesitaríamos del bautismo.
El bautismo cristiano, como sabemos, borra todos los pecados. “Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado…” (Catecismo N.º 1263). Si por razones ajenas a su voluntad una persona nunca se bautizó y lo hace siendo adulto, en ese acto recibe la efusión del Espíritu Santo y se le perdonan todos sus pecados. “El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito ‘una nueva creación’ (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho ‘partícipe de la naturaleza divina’ (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19)” (Catecismo N.º 1265). El bautismo cristiano es el fundamento de la vida cristiana, y “la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos” (Catecismo N.º 1213), nos hace miembros de la Iglesia, cuerpo Místico de Cristo (Cf., Catecismo N.º 1267).
Al recordar el bautismo de Jesús en el Jordán renovemos también, desde la fe, nuestro compromiso bautismal, siendo plenamente conscientes que hemos sido lavados, purificados de nuestros pecados, por la sangre de Cristo derramada en la cruz.