Hay un peligro siempre constante en muchos, “acomodarse al modo de pensar de las mayorías”, o “modos de pensar del mundo”, y el querer, incluso, que Dios piense como nosotros, cuando somos nosotros los que tenemos que acomodarnos al “modo de pensar de Dios”; esto es lo que nos deja en claro la liturgia de la Palabra de este domingo. En el evangelio Jesús le increpa a Pedro: “tú piensas como los hombres, no como Dios”.
Muchas veces queremos que las cosas sucedan como nosotros las planificamos o pensamos. El hombre realiza sus propios proyectos, sus propios planes, al margen de los planes de Dios; es más, queremos que Dios se acomode a nuestros planes, y cuando eso no sucede, algo en nuestro interior se revela. Todo eso sucede porque estamos habituados a pensar sólo al modo humano. A veces podemos sentir como que Dios “nos saca de nuestras casillas”, porque no sigue nuestra lógica, nuestras previsiones; Él se hace totalmente imprevisible.
En la primera lectura (Cf., Jer 20, 7-9), que es como un diario de Jeremías, el profeta nos revela su lucha interior, hace sus propias confesiones, se siente como defraudado y hasta engañado por Dios que lo ha seducido creándole demasiados conflictos; conflictos que el profeta siente ya no poder resistir más. Jeremías protesta por su situación, se encuentra desilusionado, amargado y desesperado, objeto de burla y de compasión, en otras palabras: el profeta vive una profunda crisis de fe, no porque sienta que le ha fallado a Dios, sino todo lo contrario, ha sido su exceso de fidelidad a la Palabra de Dios lo que ha llevado al profeta a meterse en serias dificultades.
Jeremías no había previsto las consecuencias de la misión que había aceptado. Él no duda de la autenticidad de su misión y tampoco se tiene por infiel. Al contrario, se le ocurre que, si hubiera sido menos coherente, más condescendiente con la gente, menos apasionado, si se hubiera adecuado a los gustos de sus oyentes, no se encontraría en esa situación de crisis y amenazado de muerte. Jeremías está en crisis por vivir hasta las últimas consecuencias las exigencias de su vocación. La situación en que se encuentra le lleva a decir al profeta que ya no quiere saber nada con Dios, porque piensa que ha sido Dios quien lo ha metido en esa situación.
Jeremías intenta escaparse de Dios, pero se da cuenta que no puede, porque Dios se ha posesionado de él como un fuego abrazador, o una pasión incontenible; quería resistirse a la Palabra de Dios, pero no podía. Para librarse de tanto problema Jeremías había decidido renunciar a su misión de profeta; pero él mismo nos confiesa: “…la Palabra era en mis entrañas como fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía”. Al profeta no le queda otra alternativa que seguirse dejando seducir por Dios.
A diferencia de Jeremías, muchas veces nosotros podemos experimentar una crisis de fe, no precisamente por nuestros exceso de fidelidad a la Palabra de Dios, sino por inconsecuencia con ella, es decir, por tratarnos de acomodar al modo de pensar y a los gustos de la mayoría, porque no querer asumir las consecuencias de nuestra vocación cristiana, por no querer correr riesgos o meternos en problemas con los demás.
En la segunda lectura (Cf., Rm 12, 1-2), San Pablo nos exhorta a “no ajustarnos a este mundo”, es decir, a “no dejarnos llevar por los modos de pensar de la mayoría”, a no renunciar a la verdad por conveniencias personales, sino a “discernir lo que es la voluntad del Señor”, lo bueno, lo verdadero. Hoy más que nunca estamos necesitados de una fidelidad a la verdad. El cristiano tiene que ser fiel a la verdad, renunciar a actitudes serviles o sumisas frente a las distintas formas de poder en la sociedad. Es vergonzante para una persona asumir actitudes serviles, traicionar la verdad por conveniencias, por favores políticos. Hay una tentación siempre presente para muchos, una tentación que podríamos llamar ‘satánica’, y consiste en pactar con el poder abusivo, haciendo aparecer la mentira como verdad, por comodidad, para ganar favores y evitarse la persecución.
Es el hombre quien tiene que hacer sus proyectos de acuerdo con el proyecto de Dios, no al revés. Es también una tentación satánica querer que Dios haga lo que nosotros queremos y no lo que Él quiere. De esa tentación no se libró ni el mismo Pedro, como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Al primer Papa, Jesús lo llamó ‘Satanás’, por haber sugerido al Señor cambiar sus planes, no realizar el proyecto de Dios sino un proyecto puramente humano y al modo de los hombres.
En el evangelio (Cf., Mt 16, 21-27), Jesús presenta, a los que quieren seguirle, es decir, a todos nosotros, un programa nada confortable: negarse a sí mismo, cargar con la cruz, perder la vida. Vistas estas condiciones ¿A quién puede parecerle atractivo este programa? es como para desanimar a cualquiera. Jesús les anuncia a sus discípulos que Él mismo va a realizar ese programa: va a morir en una cruz. Ante esta perspectiva, Pedro, pensando como cualquier hombre, expresa su desacuerdo y hasta su rechazo, diciéndole a Jesús: ¡No lo permita Dios!, ¡eso no puede sucederte!
Momentos antes del anuncio de la pasión de Jesús, Pedro había hecho una profesión de fe: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16) y Jesús le dijo: “dichoso tú Pedro, porque eso no te lo ha revelado ningún hombre”, “eso no viene de ti sino de Dios”, entonces fue cuando Jesús le confió el cuidado de la Iglesia, digamos que lo designó como “primer Papa”; pero, enseguida, cuando Jesús le habló de la cruz, Pedro se resistió diciendo: “no lo permita Dios”, y entonces Jesús lo increpó con dureza: “quítate de mi vista Satanás”, tú no aceptas el proyecto de Dios, piensas como los hombres y me quieres hacer tropezar. Pedro es dichoso cuando acepta la revelación de Dios, pero tiene tentaciones satánicas cuando quiere actuar de modo distinto al de Dios.
Creo que todos nosotros podemos tener esas “tentaciones satánicas” cuando nos resistimos a que Dios haga las cosas como Él quiere; cuando preferimos un programa personal, seducidos por el poder, la ambición. El poder es capaz de corromper hasta los más virtuosos, y como decían los latinos: “la corrupción del mejor es la peor”, parafraseando este adagio, podríamos decir hoy: “la corrupción de aquellos que representan la autoridad y ejercen la justicia es la peor de las corrupciones en una sociedad”.
El cristiano, tiene que discernir, como nos exhorta el apóstol Pablo en la segunda lectura, lo que es la voluntad de Dios, lo que es bueno; no acomodarnos, por conveniencia, a lo que piensa todo el mundo. Hay situaciones en que no nos aparece claro lo que es la voluntad de Dios, entonces tenemos que pedirle luces para saber qué es lo que nos pide; pero de lo que no podemos tener la menor duda es de aquello que no es voluntad divina. Y no puede ser voluntad de Dios lo que está basado en la mentira, en el abuso de poder. La voluntad de Dios nunca es confortable para el que no tiene fe. La verdad es costosa y comprometedora; sólo los que están dispuestos a pagar ese precio pueden vivir en la verdad. El precio de la verdad puede ser tan alto que comprometa la propia vida, que lleve a ponerla en riesgo y hasta perderla; pero es mejor, indudablemente, perderla por fidelidad a Dios y a su palabra, pues es entonces cuando se recobra la vida verdadera. Recordemos lo que nos ha dicho Jesús en el evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar al mundo entero si pierde su vida?”, es decir, si pierde doblemente la vida, esta vida temporal y la eterna. Es Jesús quien nos da esa plenitud de la vida; para eso ha dado su vida por nosotros, para ello se ha hecho pan de vida, para ello se vuelve hacer presente en cada Eucaristía.