Posted by wvasquez

Este domingo 24 de octubre se celebra el DOMUND, la Jornada  Mundial de Oración por la Misiones. La Iglesia, fiel al mandato del Señor, ora por todos los misioneros del mundo e invita a todos los cristianos a comprometerse en la tarea evangelizadora cumpliendo el mandato de Jesús: “Vayan por el mundo entero anunciando el evangelio”(Mc 16, 15; Mt 18, 20).

La liturgia de este domingo pone de relieve el tema de la oración, o mejor dicho: las condiciones necesarias para que nuestra oración sea grata a Dios. Una condición indispensable es la humildad. La oración no es sólo testimonio de fe, sino también un acto de humildad en el cual reconocemos nuestra condición humana, la necesidad de la ayuda de Dios como pura gratuidad y no como algo merecido. La Biblia nos provee muchos ejemplos de esa actitud de humildad para dirigirnos a Dios. El hombre no puede exigir nada a Dios en virtud de sus méritos, sino invocar el amor misericordioso de Dios como puro don. En el evangelio Jesús nos dice: “El que se enaltece será humillado, el que se humilla será enaltecido.”(Lc 18, 14). En la parábola del fariseo y el publicano (Cf., Lc 18, 9-14), Jesús destaca la humildad del corazón como condición necesaria en nuestra oración. Jesús elogia la actitud humilde del publicano y cuestiona la soberbia del fariseo que cree merecer de Dios. Los evangelios nos presentan a un Jesús siempre dispuesto a acoger la súplica humilde y confiada de los que se acercan a él.

En la primera lectura (Cf., Eclo 35, 15b-17.20-22a), la oración se vincula al tema de la justicia: Dios no es ajeno al sufrimiento del pobre sino que se pone de su lado: “Escucha las súplicas del oprimido, no desoye las súplicas del huérfano o de la viuda cuando repite su queja” (Eclo 35, 16-17). El libro del Eclesiástico nos dice que “la oración del humilde traspasa la nubes” (Eclo 35, 21) y Dios  no deja de escucharla. El texto pone en evidencia la preferencia de Dios por el humilde, el pobre y el desvalido. En la Biblia el pobre, el huérfano y la viuda son los más desvalidos por quienes Dios tiene una especial predilección, al punto de declararse su defensor.

El Papa Benedicto XVI, en ocasión del DOMUND del presente año, ha escrito un mensaje en el cual  nos invita a “renovar el compromiso de anunciar el evangelio”, obviamente eso pasa necesariamente por la renovación de nuestra propia vocación cristiana, de nuestro encuentro personal con Cristo, encuentro generador de la comunión con el Dios trinitario. De nuevo somos remitidos a la fe, pues sólo desde la fe podemos realmente ver al señor. El compromiso evangelizador nace, pues, de la vivencia de una experiencia personal de encuentro con Jesús, de estar en comunión con él. El ejemplo paradigmático es Pablo, quien entiende la exigencia de evangelizar como un deber, una necesidad urgente e impostergable: “¡Pobre de mí si no anuncio el evangelio”(1Cor 9, 16).

El Papa nos recuerda que la Iglesia entera es “misionera por su naturaleza” (AG, 2), es decir: es impensable una Iglesia que no esté permanentemente movida por el impulso misionero. Una Iglesia que dejara de ser “misionera” dejará de ser la Iglesia de Cristo. El anuncio del evangelio compete a la Iglesia entera, a todos los fieles cristianos incorporados por nuestro bautismo.

El objetivo central de la misión es llevar a los hombres a un encuentro personal con Cristo, sobre todo en la escucha de la Palabra y la vivencia de la Eucaristía. La Eucaristía – dicen los obispos en Aparecida-  no es solamente el lugar privilegiado de encuentro con Cristo, “fuente inagotable de la vocación cristiana” sino que también es la “fuente inextinguible del impulso misionero.”(DA, 251).

Los hombres de nuestro tiempo, aunque no siempre sea de manera consciente, – nos dice el Papa Benedicto XVI- “piden a los creyentes, no solo que ‘hablen’ de Jesús, sino que ‘hagan ver’ a Jesús”. La gente no quiere tanto un “discurso” sobre Dios, sino tener una experiencia de Dios, aunque no se quiera aludir explícitamente a Dios, pues, en el fondo, la búsqueda sincera de la verdad, la justicia, la paz, la felicidad, es expresión de una búsqueda de Dios, lo sepan o no.

El Papa nos recuerda en su mensaje que el mandato misionero, recibido por todos los bautizados y la Iglesia entera, “no puede realizarse de manera creíble sin una profunda conversión personal, comunitaria y pastoral”. La conversión es siempre una respuesta a la moción del Espíritu Santo que obra en el corazón del que escucha la predicación. Como decía el Papa Pablo VI: “el que ha sido evangelizado evangeliza a su vez” (EN, 24). Si un cristiano no siente la urgencia de comprometerse con el anuncio del evangelio es porque, en el fondo, no está suficientemente evangelizado, pues “es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia”(EN, 24). De ahí la exhortación del Papa Benedicto XVI: “sintámonos todos protagonistas del compromiso de la Iglesia de anunciar el evangelio”. Nadie está exonerado de contribuir a la misión de la Iglesia. Desde luego, nuestra cooperación puede concretarse de diversas formas. De otra parte, no debemos tampoco olvidar que el espíritu Santo es el verdadero protagonista de la misión (Cf., Redemptoris Missio, N.° 30), por tanto: tenemos que abrirnos al impulso del Espíritu Santo, dejarnos mover por él. Todo evangelizador es un medio o instrumento en manos de Dios, a través de su Espíritu, para realizar su obra salvadora en el mundo. En consecuencia, el éxito de la misión no depende tanto de las capacidades y habilidades del evangelizador, o de la tecnología utilizada, o de los muchos recursos materiales, sino de la acción del Espíritu; lo cual no significa que no sean importantes la preparación del misionero, las metodologías y los recursos.

La oración es fundamental, pero la ayuda concreta material es también necesaria. De ahí que el Santo Padre, en su mensaje, nos invita a la oración y al “compromiso de la ayuda fraterna y concreta para sostener a las iglesias jóvenes”. Todos sabemos que la Iglesia no solo tiene necesidad de recursos para construir templos, capillas, escuelas de catequesis, sostenimiento de vocaciones, entre otras, sino que también tiene a su cargo muchas obras de promoción humana, obras de caridad, atención a los más excluidos, etc., Las necesidades materiales y económicas de las misiones son muchas y todos los cristianos están en el deber de contribuir a su atención. No se trata sólo de “dar una limosna” de lo que nos sobra, sino de ser conscientes que somos responsables de la tarea de la Iglesia como compromiso de todos los cristianos.

Finalmente, no debemos perder de vista que “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros” (DA, 269). Inspirémonos en su ejemplo para cumplir nuestro compromiso con la misión.


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